Un día de locos

Sigo con la tradición de importar algunas entradas de blogs antiguos. Ésta pertenece a un día bastante surrealista que tuve:

Yo estaba aún dormido en mi camita, calentito, cuando me sonó el teléfono. Manuel decía que tendría que venir a por una maleta de Edgar, pero yo creía que Edgar no vendría hasta el 30, así que ya tenía planes para ayer, que había quedao con mi jefe pa que me pagase y no iba a estar en casa… en fin, tuve que apañármelas para reordenar un poco el asunto y poder darle la maleta, porque le iba a hacer falta. Me llamó el jefé, iba a tardar dos horas más en llegar. Bueno… Cuando llegó la hora, a las siete y media de la tarde, me fui a Plaza de Armas, me senté en la puerta, me encendí un cigarrito y me dispuse a esperar… comenzando así una de esas aventuras surrealistas que cada día son más comunes.

Una vieja sentada a mi lado no dejaba de hablar sola sin parar. No tengo muy claro de qué se quejaba, pero no dejaba de decir “porque mira que eres gilipoyas tio, vete a tomar por culo que hay que ser imbesi, paso de ti, ar carajo, que te den, que te pires…” etc. A mi otro lado, un moro pasaba grifa a los canis, que se le acercaban con la sonrisa de quien ha ido a ver a su abuelo. Esperé y esperé… me mandó un sms con que tardaría al menos un cuarto de hora más -que luego fue media hora- y empecé a ver la fauna que por allí había. Un indigente arrastrando una caja de cartón me empezó a hablar desde lejos, pero no se le oía. Me acerqué a él pidiéndole que repitiera y me pidió un cigarro. Le di uno, y el hombre me respondió “gracias caballero, que el Ejército se lo pague”, a lo que yo respondí “el Ejército es un pestiño, yo soy pacifista” y pa qué… en mala hora me dio por hablar con aquel tio…

Aun no se muy bien como ni por qué pero ese hombre entró en cólera. Empezó a liarla a grito pelao gritando cosas sobre el Ejército, pero se contradecía a sí mismo en cada frase, era imposible saber de qué lado estaba, es como si discutiera consigo mismo, es lo más acojonante que he visto en mi vida, si en mitad de esa conversación me llega a mirar con ojos saltones y a decirme que le de su tesssoroo ni me hubiera extrañao. Pero lo peor no fue eso. Pasaban por allí dos tios vestios de militares, uno incluso tenía medallitas. Y en cuanto los vio aquél tío los llamó, y se enzarzaron en una discusión a la que fueron sumando a gente que por allí pasaba. La vieja del principio vino arrastrándose pa gritarme que era gilipoyas que me fuera al carajo, que ya estaba tardando en irme y que muchas gracias por charlar con ella que era un caballero adorable (¿?¿?¿?) yo estbaa muy quieto sin saber qué decir, el general ese de las medallitas me puso como ejemplo para yo que se qué, “mirad a este hombre por ejemplo, ¿a que usted se ha forjado en el ejército?”, a lo que respondí con un elocuente “……eh……bueno…yo…….” pero a nadie le importaba, ellos seguían discutiendo.

Me aparté del barullo y me fui a sentarme en otro sitio, me encendí otro cigarro y suspiré pensando que la que se había liao… y la vieja se recostó a mis pies, aún con la reaíla infinita de “…porque eres un hijo de puta vete al carajo que no quiero ni verte nunca mas…” etc…, yo decidí convencerme a mí mismo de que estaba solo en el mundo, ahí a mis pies no había nadie, igual que cinco metros más allá, un general y un soldado del Ejército no estaban discutiendo con un indigente con unas veinte personas del público interviniendo cada cierto tiempo. Entoces por la parte derecha de mi radio de visión se asomó una cabeza voladora y dijo “jaaaaa…… jeeeeee….jiji” miré bien en su dirección y bajo la cabeza había un cuerpo, pequeño y regordete, desproporcionado con el tamaño de la cabeza… pero no se podía negar que era un cuerpo. Tenia brazos, tenía que serlo. La cabeza seguía repitiendo la letanía “ja… jeeee… jiiii”, es lo único que decía, mirando fijamente a la vieja, que por su parte seguía poniendo a parir a alguien, esperaba no ser yo ese alguien. La cabeza (y el cuerpo) se acercaron a la vieja y ese extraño ser se sentó a su lado, mirándola embobado, sin dejar de reír de aquella forma tan extraña. Yo ya no sabía dónde me había metido. Paso todos los días dos veces por la estación de plaza de armas, he pasado a todas las horas posibles, y jamás me había encontrao algo como aquello… es como si dios se hubiere ido a hacer la siesta y le hubiese dejado a terry gilliam la dirección de la tierra unos minutos.

Opté por alejarme de la zona cuando vi aparecer por otra esquina a un grupo de hippies que llevaban diábolos de fuego, malabares y cosas así… porque ya aquello sí que parecía un puto circo, miraras a donde miraras, simbología Lynchiana… y yo solo había venido a cobrar un dinero por el trabajo del mes pasao. Me fui a una cabina telefónica, descolgué el teléfono y allí me quede con el auricular en la oreja un buen rato, relajándome, mientras unos metros más hacia allá la vida parecía converger en surrealismo, y yo había conseguido escapar… entonces vi a mi jefe viniendo, y le salí al encuentro. Nos encontramos justo en mitad del barullo. Yo le ofrecí una cerveza, pero él la denegó… tenía algo entre manos. Me pasó un sobre, me lo guarde inmediatamente en el bolsillo y ambos miramos a nuestro alrededor a ver si alguien había presenciado la entrega. A nuestro alrededor, una miríada de gente extraña, fuegos que giraban, malabares, militares, gritos… eran el lugar perfecto para hacer una entrega de cocaína, así que para pasar dinero mucho mejor. Inmediatamente se fue en la misma dirección en que venía, y yo por la contraria. Nos alejamos como si jamás nos hubiéramos visto, y el encuentro se resumió, desde un punto de vista exterior, en dos personas que chocan por la calle, cambian unas disculpas, hacen algo extraño y siguen su camino. Me pregunto qué coño le pasaría al jefe, o si estaba influenciado por el caos que había allí.

Llamé por teléfono al que me había pedio la maleta pa decirle que ya estaba libre, y me dijo que me fuera pal puente de chapinas, que él estaba recogiendo a Edgar en odontología y que me recogía ahí pa ir a por la maleta. Vale, perfecto, nada me apetecía más que pasear por el puente, dejando que el aire frío limpiase un poco el caos que se había formado en la estación. Me eché a andar, y cuando crucé el puente y llegué a Chapinas me encontré a Juanma, un amigo al que últimamente veo poco, y sorprendentemente a Cris, que yo no sabía que conocía a Juanma… habían quedao tambien con el otro por lo visto. Hasta ese momento, el Caos estaba a mi alrededor y yo huía. Y a partir de ahí fue cuando el Caos me engulló. Aún no se cómo pasó todo en realidad, pero acabamos en mi cuarto viendo vídeos de humoristas, luego en bormujos comiendo una patata de esas del premio guiness rellena con algo que dicen que es queso parmesano pero yo me juego mi ordenador a que no lo es, luego dejaron en casa al de la maleta y los demás seguimos por ahí, recogimos a otra elfa, Patri, y acabamos en una discoteca, con chinitas, guiris, y más elfas juntas de las que había visto en mucho tiempo (había muchas más que tios) y yo que se, un infierno aquello vamos…

No se cuántas veces oí a mi alrededor “pero baila coño, baila” mientras mi mente andaba en otro lugar… concretamente hace mucho tiempo en un lugar muy, muy lejano… en la cantina de “una nueva esperanza”… un tío altísimo con barba, guiri seguramente, pasó por mi lado, lo seguí con la mirada a ver si su colega se parecía a Han Solo, pero una elfa se cruzó en su camino así que seguì el camino de la elfa mejor, algo me empujó el codo y al mirar eran los enormes pechos de una morena cuyo escote era como el cañon del colorado, se le engancho en mi codo y se le abrió el escote, pero ella por lo que se ve no se dio cuenta y seguía andando, ofreciendome una magnífica panorámica de su ombligo. Entre sucesos parejos a éste me ocurrieron otros mucho menos divertidos. Me fui solo por la discoteca a ver si encontraba a dos amigos y a dos chinitas (me daba igual dar con unos o con otros en primer lugar jeje). La discoteca parecía semana santa oye, no podía uno mover un puto centímetro, pero usé la tecnica soy-un-salvaje-delantero-de-rugby para conseguir abrirme paso, y llegué a la esquina, donde de repente una mujer de unos 50 años me cogió por los hombros, me sonrió y empezó a bailar sexi para mi. Me di la vuelta y usé la técnica de soy-una-bola-de-bolos para llegar en menos de diez segundos a la otra esquina de la discoteca, preocupao, pensando que si podia haber quinientas elfas más o menos aquella noche, a mí me había tocao la abuela de todas ellas. Ciertamente, el interior de la discoteca era enteramente una mezcla de la cantina del Episodio IV, la discoteca del Episodio II, y la madrugá del jueves santo. Todo aderezado con una deliciosa mixtura élfica que adornaba por doquier con sus curvas aquél endiablado lugar. Pero bueno…

En resumen, lo pasé bien, pero podría haber estado mucho mejor. No me hacen gracia las discotecas, como algunos sabréis. La parte buena es que nos dieron un huevo de invitaciones gratis para copas para hoy domingo… y precisamente vengo de allí xDDDDDD

Publicado en  on 6 Septiembre, 2007 at 1:49 am Comentarios (2)

Frikiboy’s Chronicles: BOLITTA MISSION!!!

Llevaba meses buscando Bolitas de Coco. Son el alimento definitivo, el dulce que dominará el mundo algún día, forma parte de la Trinidad Culinaria (junto al Arroz con Leche y el Gazpacho -el de mi tierra, no el Fruiti-) y estoy absolutamente enganchado a ellas. Es más, alguna vez las mujeres las han usado como método para seducirme y he caído totalmente rendido (¿verdad H?)… aunque también es cierto que no es un método 100% infalible (¿verdad L?).

Bolitas de Coco

Hastiado de una búsqueda sin sentido por todos los supermercados, superficies comerciales, tiendas de alimentación, pastelerías, ebay, de preguntarle a amigos y amigas que viven en otros lugares por si allí se pueden encontrar… finalmente un día me llegó la iluminación a través de mi buen amigo The Esparteño (el único más salvaje que un espartano y a la vez más animal que un estepeño, una especie de cruce genético a mala leche cuyo resultado es un tío capaz de conducir un coche sin arrancarlo, limitándose a mirar mal el paisaje hasta que éste se decide a ir cambiando hasta adecuarse al lugar de destino).

No se puede recorrer aleatoriamente el mundo buscando una quimera. La única forma de alcanzar un sueño es moverse realmente, luchar… e ir a la Cuna de la Vida. El lugar donde nacen las Bolitas de Coco. Allá donde los Creadores dan forma a las Bolitas, nacen, crecen, se reproducen, se relacionan y se venden. El Origen. Ese enorme agujero negro de gula llamado Estepa. Perdido en las montañas, en un lugar que no es Córdoba ni es Sevilla, en territorio de nadie, con acento propio, el único lugar de las enormes llanuras que está compuesto por montañas. Un lugar mítico con el que Charlie el de la fábrica friki se masturbaría compulsivamente. El negocio de los dulces navideños. La Tierra Prometida.

The Esparteño & The Frikiboy se ajustaron sus gafas de sol. De un salto subieron al Espartmovil y con música ochentera y el símbolo de superhéroes cortando la escena se dirigieron veloces a su destino, Estepa. Sobre el viaje en coche solo os diré que debido a sucesos recientes yo estaba cansadísimo porque no había dormido nada en los últimos días… se me cerraban los ojos por el camino hasta que de repente cayendo en el sueño lo último que vieron mis ojos fue el cartel que señalizaba el desvío para entrar en Estepa… cerré los ojos cayendo en el sueño de morfeo y… el cabrón del Esparteño me metió un codazo y me dijo “kiyo ya hemos llegao!”. Su puta madre que sueño. En fin.

No os aburriré con el resto del día. Lo resumiré diciendo que recorrimos unas ocho fábricas aproximadamente. Todas cerradas a cal y canto. Sugerí la posibilidad de esperar a la noche y colarnos por una ventana. Estoy totalmente en contra de los robos… pero no de los rescates! Y las pobres Bolitas necesitan libertad para poder entrar en mi estómago felices y contentas. Segun The Esparteño, no hay forma humana de violar el perímetro de una de esas fábricas. Decidí dejar espacio para la duda, en silencio eso sí, y esperar a ver cómo se desarrollaba el día.

Llegó la noche, y ni en casa de sus padres (geniales por cierto) ni en casa de un amigo que me presentó ni en ningún lugar parecía quedar ni una sola. Las nubes de la desesperación se cernían sobre nosotros (más bien sobre mí, a él no le hacen demasiada gracia las Bolitas). Ni en lo alto del Cerro, ni en el convento, ni en supermercados ni en bares ni iglesia, las Bolitas parecían estar extinguidas y ni siquiera en la Cuna podría dar con ellas. ¿Debería pues, hacer caso a los amigos que dejé en Sevilla y esperar a que vuelvan a fabricarlas? Otra posibilidad era ligarme a la hija de los dueños del Patriarca, que dicen que está buenísima y soltera. Pero no tuve oportunidad de dar con ella. No estoy de acuerdo con salir con una mujer por su dinero. Pero si es por Bolitas… omg…

Estuvimos en la feria. Había una caseta-discoteca, mucha gente, un trenecito turístico bastante absurdo (básicamente te llevaba a la carretera y volvía, sin molestarse siquiera en enseñarte el único monumento del pueblo, una chimenea llamada “El Cipote” que viene a confirmar que en la ignorancia está la felicidad).

Eran las 3:35 de la noche. Paseaba alicaído con The Esparteño dispuestos a hincharnos de cerveza (ya que no parecía haber fuentes de aguita allí en el recinto ferial), cuando de repente una voz me llamó mentalmente. Era una tía con un escote que quitaba el hipo. Pensé “no seas guarro” y miré hacia otro lado. Y allí, en ese otro lado, había algo que antes no estaba.

El recinto donde estaba la feria era cuadrado. Las entradas y salidas estaban todas en el mismo lado (llamémosle la base). Sin embargo de alguna manera, en el lado que daba al este había aparecido un callejón misteriosamente. Escondido, con luz tenue de dos bombillas halógenas, el callejón que no daba a ninguna parte albergaba un pequeño puestecillo que vendía cosas improbables. Un llavero de Digimon, una rodaja de coco, un megáfono o una pistola (de juguete, espero) eran alguno de esos objetos. A punto estaba de continuar mi caminar quedándome con la anécdota de ese callejón evanescente cuando de repente la rodaja de coco llamó mi atención. Ya que no encontraba Bolitas, al menos podría hincarle el diente a una rodaja de esas, menos daba una piedra.

La chica que atendía tenía un escote morta, pero por lo demás no me gustaba. Otro elemento extraño. Vi que entre los objetos improbables había turrones. Entre bromas le dije que si me daba una Bolita de Coco le ponía un monumento. Me preguntó si realmente me gustaban tanto, y por un momento toda la feria calló. La existencia misma contuvo el aliento en lo que sin duda era una prueba de los dioses. Respondí que había venido desde Sevilla expresamente a buscarlas, allá donde nacen, porque si en algún lugar aún era posible dar con ellas era allí, en aquella tierra de sueños. La chica sonrió amable. Sus manos me ofrecieron una caja de Bolitas de Coco. A medio camino entre la gula y la pura excitación sexual agarré la reliquia y le pedí otra.

Corrí por la feria comiendo bolitas hasta que se agotó la primera caja, feliz, contento, exultante de alegría y orgullo por haberlas conseguido por fin, tras tanto tiempo de búsqueda. Ahora sabía cómo se sentía el dr. Jones buscando, ahora sabía qué era usar la Fuerza, ahora sabía tantas cosas…

La segunda caja la guardé para traerla a casa. Ahora forma parte del cajón de Provisiones de Bolitas de Emergencia, y exceptuando alguna que le voy a dar a algunos muy escogidos, me las iré comiendo, poco a poco, de aquí a noviembre, que es cuando Vuelven.

He vuelto de la Tierra Prometida con esa otra caja de Bolitas, y una invitación para asistir personalmente al nacimiento de las mismas. Tendré una visita guiada por el interior de las fábricas, donde veré todo el proceso (y por supuesto me pondré como el kiko de comerlas).

La misión había sido todo un éxito. Sin embargo aún quedaba la Vuelta a Casa. Como si de un libro gordo de Tolkien se tratase, no todo iba a ser un camino de rosas. Los intrépidos héroes aún deberíamos enfrentarnos a un peligro mortal. Y lo triste es que no estoy de coña. Hemos podido morir.

Ibamos por la carretera de vuelta a Sevilla. Poco antes de llegar a Mairena del Alcor más o menos. Conducía The Esparteño, yo no tengo carnet. Elucubraba nuevos detalles para el mundo de la última historia que estoy escribiendo, cuando escuché el monótono RRRRRRR de las ruedas que acaban de cruzar la línea del arcén. El coche se estaba ladeando y había una curva poco más adelante. De repente el coche se giró aún más. The Esparteño decidió que la carretera era aburrida y decidió que era un buen momento para acelerar y girar el volante, en sueños.

Empecé a gritarle y agarrando el volante enderecé el coche como pude, que ya estaba entero dentro del arcén y a centímetros de despeñarnos por el lado de la carretera, probablemente para caer dando vueltas de campana, lo que sería un final de misión bastante bueno por cierto, pero nada agradable ni mucho menos apetecible.

Mientras conseguía dirigirlo de nuevo hacia la carretera él abrió los ojos y ya todo volvió a la normalidad. Santa Bolitta Patrona no quiso que nos matáramos, cosa que le agradezco ofreciéndole mi estómago para los sacrificios de sus fieles semiesféricas.

Mientras continuábamos el viaje cantando las mejores canciones de los Héroes del Silencio a pleno pulmón, me lamentaba de no haber llevado cámara de fotos. En caso de accidente, habría odiado que si uno de los dos sobreviviera no pudiera inmortalizar el momento.

Después de todo, mala hierba nunca muere.

Publicado en  on 13 Agosto, 2007 at 1:41 am Comentarios (3)

Crónicas del Friki: La Piscina, el Friki y el Terminator

Los que me conocen saben que las piscinas no me gustan un pelo, y los asiduos al blog ya saben alguna de las razones de peso. Me han pasado demasiadas cosas en piscinas y hoy, aprovechando la época estival vamos a rememorar otra de esas aventuras en una de ellas. Sin más os presento otra de mis aventuras en remojo.

Corría el año… bah no lo recuerdo. El 99 quizá, o puede que algunos años antes. Yo estaba apuntado a un gimnasio en el que hay de todo, desde pistas de padle y squash hasta piscina olímpica. Y aquél día decidí pegarme un bañito después de las pesas (hay que ver como se pierden las buenas costumbres, hoy estoy hecho un buey). Cogí mi toalla, me puse el bañador y me fui para la piscina tarareando una canción de Metallica más contento que un rey mago el día 7 de enero sabiendo que le queda un año entero para volver a currar.

Llegué y ya entré con mal pie. Porque no se me ocurrió otra cosa que correr por el borde y lanzarme en bomba, por lo que me echó una bronca morta de kombat el encargao de aquello. Se supone que aquello era para hacer ejercicio y yo estaba ya haciendo el friki agarrao a las corcheras. En fin, si es para nadar, nademos.

Estuve un ratillo haciendo largos y eso, cuando el encargado pitó y todo el mundo empezó a irse para dejar vía libre a unas cuantas tías buenas. Me enteré más o menos de que eran un equipo de nadadoras que había venido a Sevilla por no se qué competición y entrenarían ahí esos días. El encargado me dijo que ya que había un par de calles libres no había problema en que me quedase en el agua, así que me quedé a seguir nadando y me puse en la calle del medio. Las tías buenas calentaron un poquito y se echaron al agua a una orden de la mujer que las entrenaba.

Hagamos un inciso para hablar de esta mujer, porque más que a una mujer se parecía a un tanque del command & conquer, al menos en tamaño y dureza. Daba la impresión de que si en ese momento el planeta estuviera atacado por una raza alienígena, ella les echaría una Mirada_Significativa(TM), les pegaría un grito, y los aliens bajarían la cabeza y dirían “perdón… ha sido sin querer…” y se volverían a casa a invadir la casa del capullo que hubiera tenido la mala idea de traerlos junto a esta aberración de la naturaleza.

Tal y como se tiraron yo me fijé en las dos tías buenas que había a ambos lados y sonreí. “Esta es la mía” me dije, iba a hacer lo imposible por ligarme a alguna, estaba soltero, con ganas de marcha, y ambos semidesnudos en el agua… todo estaba de mi parte y no pensaba dejar escapar esa oportunidad. Me decidí por la de la derecha, que se acercó a la corchera y me saludó sonriente. Como una anaconda me deslicé por el agua y me puse muy cerca de ella, le sonreí y empezamos a charlar. De alguna forma maligna conseguí hacerle creer que yo era nadador profesional (cualquiera que me haya visto el cuerpo sabrá que como mucho sirvo de balón de playa profesional, así que no se cómo se lo tragó o si simplemente me siguió el royo porque le iba la marcha). Ya estaba yo preguntandole el nombre y demás (había sacado los tanques a la calle) cuando de repente se oyó la Voz de la Entrenadora Tanque (y pongo Voz con mayúsculas porque aquella voz era lo más parecido a que te pongan en la oreja un pito de spray de esos de los partidos de futbol, era casi como un espartano cabreao metido en una tinaja). A una señal todas las elfas acuaticas se fueron nadando a una velocidad absurda y yo me quedé allí con la tranquilidad del que sabe que toda elfa que nada haciendose un largo, luego vuelve. Como los yoyo.

Así que allí estaba yo tranquilamente esperando a mi elfa para poder seguir con el ataque cuando de repente la Entrenadora Tanque decidió que el hecho de que yo no perteneciera al equipo no era razón suficiente para que yo no completase el entrenamiento. Es lo que pasa con la gente simple, que se le mete en la cabeza que todos tienen que hacer algo y ese todos se convierte en algo absoluto con una facilidad que acojona. Me pegó un grito que me temblaron músculos que ni siquiera había oído hablar de ellos, y aunque no se muy bien qué palabras usó (eran más bien como gritos o berridos guturales) tardé segundos en ponerme a nadar como un poseso. Si me paraba a respirar o a descansar los gritos volvían a mí, y empecé a creer que aquel Terminator disfrutaba realmente con aquello, porque no la oí gritarle a nadie más ni una sola vez.

De vez en cuando parabamos y ella explicaba lo próximo a hacer, cosa que yo aprovechaba para susurrarle a la chica y poder continuar los avances poquito a poquito, que después de todo me estaba matando a nadar sólo por ella. Y cuando digo que me estaba matando no era ninguna coña. Llegados a este punto de la historia, llevabamos hora y pico haciendo largos como hijos de puta en estilos de natación que yo creo que se inventaba sólo para joder porque ostia puta como me dolía todo el cuerpo.

Y hete aquí que en un momento dado todas mis ilusiones las rompió el Mecha de Entrenamiento cuando se le ocurrió la mejor forma de eliminarme rápidamente. “Tenéis que ir y volver buceando” dijo la muy salvaje. Inmediatamente me empecé a descojonar y a decirle que era una coña buenísima, que ni de coña salíamos vivos, cuando de repente las elfas desaparecieron todas debajo del agua y se fueron. Yo miré a todos lados sin saber muy bien donde meterme (¿debajo del agua?) y finalmente me enfrenté a ella. Le grité que ni de coña, que yo no iba a ser capaz, pero me metió tal berrido que cuando me quise dar cuenta estaba debajo del agua buceando.

Tengo forma física nula, y fumo, así que mi capacidad pulmonar es la de un urogallo decapitado. Pensé no obstante que aquel experimento genético no me dejaría morir, y que me la iba a pelar todos los gritos que diera, si me quedaba sin aire pensaba subir a la superficie a respirar y si acaso ya luego sumergirme y seguir. Así que buceé tranquilamente, tampoco podía ir demasiado rápido porque ya me dolían hasta los huevos de tanto nadar. Yo tengo un problema con el buceo y es que inconscientemente voy a ras del suelo. Siempre me pasa, me sumerjo y bajo todo lo que pueda, y voy acariciando el fondo, me gusta hacerlo. Las piscinas olímpicas son en forma de V, y se que cuando ocurrió lo que ocurrió yo estaba justo en el centro precisamente porque acababa de tocar con mis dedos el punto en que el fondo empieza a subir de nuevo.

Estaba ahogándome y necesitaba urgentemente subir a por oxígeno, llevaba medio largo hecho y estaba justo ahí, en el centro, cuando de repente mi gemelo derecho dijo “tio, hasta aquí hemos llegado”. PING!!! Se pinzó completamente dejandome una pierna fuera de servicio. Cogí aire para gritar pero solo conseguí tragar agua. Intenté estirar la pierna ya sin aire, ahogandome y muy agobiando, cuando de repente ¡¡¡PING!!! el gemelo izquierdo dijo que él no iba a ser menos. Dolía de una forma obscena y ambas piernas estaban flexionadas por la tensión en los músculos, lo que unido a mi forma corporal me daba el aspecto más esférico posible. Empecé a hundirme aún más hasta que quedé sentado en el suelo sin aire ya. No sabía muy bien qué hacer. Me debatía como queriendo quitar el agua de delante de mí, pero se resistía.

Finalmente el agobio controló la situación y en mi cerebro quedó una única idea: tenía que salir a la superficie a por aire urgentemente, o tendría un serio problema. Afortunadamente no ando mal de fuerza en los brazos, así que batiendo el agua como pude solo con los brazos conseguí elevarme hasta que llegué a sacar la cabeza del agua. Vagamente oía gritos, pero empezaron a darme igual. Tosí y escupí agua, y traté de recuperar la vida que momentos antes se había estado llendo. Me sujeté a una corchera para mantenerme a flote y fui tirando de ella hasta que llegué al borde de la piscina, aún con los dos gemelos pinzados. Era tal el agobio que de un solo empujon con los brazos me izé completamente fuera del agua. Inmediatamente me puse a estirar las piernas para tratar de arreglar eso.

Unos segundos después apareció la chica con la que yo había estado charlando.

- Hey, ¿estás bien?

Inmediatamente adopté pose heróica de machote, carraspeé y le conteste con la mejor voz varonil que pude.

- Claro… ¿por qué?
- No, es que como te veo ahí estirando… ¿tienes problemas?
- JAJAJAJA ¿Yo? ¿Problemas? Que va, es que tengo otro entrenamiento dentro de una hora y tengo que salir, estirar y descansar un poco, ya sabes…
- Ah… bueno es que soy masajista… era por si querías un poquito de ayuda…

Y ahí ya no sabía que contestar. Por un lado claro que quería ayuda, la necesitaba como el aire para respirar!! Y además ella me daría un masaje, era todo perfecto!!! Sin embargo el lado gilipoyas que todos tenemos (yo especialmente acentuado la verdad) se impuso, y le dije que muchas gracias pero que no era necesario, que estaba perfectamente, que siguiera sus ejercicios.

Y por supuesto me hizo caso. Joder. No podía haber pasado de mis tonterías, no, tenía que hacerme caso y seguir nadando como si nada. OMFG! Yo salí de la piscina como pude. Me arrastraba por el suelo porque aún no era capaz de mantenerme en pie y fui reptando por todo el gimnasio hasta un sitio donde había un jacuzzi, donde invertí la siguiente hora de mi vida pensando en lo estúpido que soy cuando quiero.

No se qué habrá sido de aquella chica. La verdad es que no volví a verla, pero era tan bonita! Al margen de que estuviera más o menos buena -que lo estaba- tenía una carita… unos ojos… unos labios… nunca se me olvidará. Guapísima. Si lees esto mandame un email o algo. Dudo que lo hagas porque mi actuación no fue precisamente para recordar pero bueno yo de todas formas lo intento :P

No volví a aquella piscina.

Publicado en  on 8 Agosto, 2007 at 2:30 am Dejar un comentario

Crónicas de los Viajes del Friki: La Vaca, el Friki y el Taxi. (II de II)

(Continúa la primera parte).

Corté varios maizales para tener espacio de maniobra y me hice un minicampamento base. Saqué mi toalla (uno no puede salir de casa sin ella!!!), un impermeable enorme, unos pantalones y una camiseta… Me cambié de ropa, me puse el impermeable por encima de la mochila cubriendome a mí tambien, y por encima del sakkat que llevaba puesto. Metí el palo en la mochila pero haciendo que sobresaliera justo por mi cabeza y usé la toalla para fijarlo a mi cuello, y dejé que la correa del pantalón colgase por detrás. En resumen… me disfracé de vaca. Me convertí en un cuerpo enorme, todo del mismo color, con un solo cuerno pero muy grande, encorvado. Y practiqué mi MU. Sonaba de lo más convincente. MWAHAHAHA esas pobres infelices no sabían lo que se les avecinaba. El enemigo estaría entre ellas, y ni siquiera se darían cuenta. El puto Solid Snake palidecería de envidia al lado de mi ingenio para infiltrarme tras las filas enemigas.

Volví al campo de las vacas. Bajé el medio metro sin hacer un solo ruido, y me moví entre ellas silencioso pero sin prisas, que no notaran que era humano. De vez en cuando, si alguna me prestaba atención, soltaba un discreto MU que significaba “eh, tu, vuelve a tus asuntos”. Andé y andé, tratando de evitar confrontación directa con ninguna, esquivaba algunas y andaba haciendo eses, esquivandolas. Cuando llegué a la mitad del rebaño, una de ellas, la mayor de todas y con los cuernos más enormes y afilados, se me quedó mirando. Yo le dije MU y seguí andando. pero oí a mis espaldas MUUUUUUUU. Ostia. Me di la vuelta y le dije MMMMMMU MU MMMMMU. Y la vaca empezó a andar hacia mí, con los cuernos por delante. Mira que yo tengo cuernos por culpa de alguna ex, pero me daba a mí que esa vaca de los cojones no iba a temer demasiado mi tipo de cuernos. Así que hice lo que todo héroe de batalla haría en esa situación. Darme la vuelta y andar rapidito en la dirección contraria a la que venía (no podía correr pa no alertar a las demás). Detrás mía oía de vez en cuando Mu y MUUUU y todas las vacas me prestaron atención. Apreté el pasó y la vaca apretó el paso. Finalmente me cabreé y decidí poner en práctica los conocimientos frikis. Después de todo, por probar no se perdía nada. Me di la vuelta con un fulgor en la mirada, me quité la capucha, desenvainé el palo, lo alcé al cielo y grité “SOY EL PORTADOR DE LA LLAMA DE ANUM, NO PUEDES PASAR!!!” y lo clavé en el suelo delante de mí. Lo cierto es que me quedó de lo más convincente, llega a verme un productor y me cogen pal remake del señor de los anillos o algo por el estilo. Y es más, la vaca se paró en seco, y yo pensé “¡JA! triunfaso der quinse illoooo”

Rascó el suelo con su pezuña, agachó el cuello en posición de embestida y empezó a correr hacia mí. Por un momento me vino a la mente lo que hacía Cocodrilo Dundee, quizás funcionase… pero no me iba a quedar a comprobarlo, así que emprendí la retirada corriendo como alma que lleva el diablo, haciendole el gesto de cocodrilo dundee con una mano, agitando el palo con la otra, y… chillando como una nena, pa que nos vamos a engañar. Putos toreros, eso es lo que han conseguido, que las pobres vacas nos tengan odio a la raza humana… y el caso es que las entiendo, si un animal matase elfas cada dos por tres probablemente yo me cabrearía mucho.

Por el camino, mientras corría, me tropecé y me torcí el tobillo, caí y rodé, pero mientras rodaba pensada “ya nos preocuparemos del tobillo más tarde, esos cuernos que vienen para acá no me gustan un pelo” así que me levanté y seguí corriendo. Dolía una bestialidad, pero a veces el miedo es mucho más poderoso que el dolor (afortunadamente), así que conseguí llegar a la valla y de un solo salto caí en el otro lado. Al caer me clavé una roca puntiaguda en la espalda y sonó un crack que no me gustó nada nada… de hecho me llevé un tiempo con la espalda jodida, el tobillo torcido, el muslo… pero bueno, el tema de la espalda me lo solucionó una amiga que es la mejor del mundo dando masajes. A los pocos segundos los cuernos se clavaron en la valla y oía MUUUU MUUUUUUUUUUUU. Me miraba fijamente y trataba de llegar hasta mí. Pero no tuvo en cuenta una cosa… en esta vida, puedes aprender algo cada segundo que pasa, todo es instructivo. Por eso los frikis somos venerables, porque tenemos acceso a material prohibido… y yo aprendí mucho con Parque Jurásico. Me quedé muy muy muy quieto. Si no me movía, la vaca no me vería y pensaría “coño, ha desaparecido!”. MWAHAHAH Así que eso hice. No me moví nada de nada, aunque me dolía todo y me moría por quitarme la bota y vendarme el tobillo.

Finalmente la vaca desistió (mi idea funcionó, está claro que sólo detectan el movimiento). Yo me arrastré como pude hasta los árboles (ahí empezaba de nuevo el bosque), busqué un sitio más o menos tranquilo (o sea, sin vacas) y me quité las botas. Tenía el tobillo muy hinchado. Me lo vendé como pude y con otro calcetín aseguré el tobillo para que no se moviera al andar. Más o menos podía caminar cojeando, y apoyandome en el bastón. Miré a mi alrededor. Estaba en un valle… una especie de hondonada, o donut. A mi alrededor todo eran montañas, excepto el lugar de las vacas, pero por ahí no pensaba ir ni por dinero vamos. Lo pensé friamente y finalmente llegué a la conclusión… estaba en territorio hostil, y tenía que salir de allí costara lo que costara.

Volví a encontrar el cauce del río, y lo usé para lavar mis heridas (provocadas por las caídas y demás). También metí los pies en el agua helada un rato para que remitiera el dolor y bajase la hinchazón, y me bañe desnudo para que agua fría me devolviera algo de vitalidad. No me quedaba agua en la cantimplora, y no sabía cuando saldría de allí… así que decidí que habría que aprovechar ese agua que parecía pura. Había insectos revoloteando, y algún renacuajo… seguramente sería potable. Traté de no pensar dónde harían sus necesidades esos renacuajos. Bebí de ese agua y llené la cantimplora. Seguí explorando el bosque y cerca de allí encontré un claro del bosque en el que no había madera en el suelo, solo rocas. Pensé que si tenía que pasar la noche allí porque no encontrara la salida, ese sería el sitio perfecto… así que monté un campamento. Con rocas, madera que traje del bosque, etc… me construí una cabaña rudimentaria, que aunque no ofrecía mucho al menos tenía techo, una roca plana donde dormir, y la posibilidad de hacer una fogata sin que salga ardiendo el bosque (lo cual cumplia con un doble proposito, porque la guardia forestal vendría a echarme la bronca y yo aprovecharía para escaparme de aquél infierno natural). También escribí una nota con piedras en el suelo, informando “SI ERES PEREGRINO: POR AQUI NO ES”. También me construí una caña de pescar con hilo, un alfiler y un palo, y una lanza usando mi cayado y un cuchillo.

Cuando todo estuvo listo, hube descansado y todo, partí de nuevo a explorar la zona. La buena suerte me acompañó en este caso, ya que en algún lugar un camión tocó su bocina. ¡Ostia! Civilización!!! Corrí por el bosque hacia allí sin mirar atrás, cual elfo frikao. Llegué a un nuevo acantilado, pero esta vez yo estaba abajo así que no podía caerme. Aunque la subida plantearía serios problemas, la idea de no tener que saltar en liana me pareció muy agradable. Poco después me arrepentiría de ese pensamiento jeje

Agucé el oído y creí oír un coche que pasaba por arriba. A unos veinte metros de altura acababa el acantilado, y según creía, por ahí pasaba alguna carretera. Si el acantilado fuese totalmente vertical y de piedra, me habría parecido menos problemático. Tenía una ligera inclinación… suficiente para poder ir escalando poco a poco con ayuda del cuchillo (y en aquella situación, querría llegar arriba como fuese). Pero claro, ese no era el problema. El problema era que toda la subida era atravesando decenas de zarzas enroscadas una encima de la otra. Traía alicates, destornilladores, cantimplora, un bañador… pero no traía guantes. Y a la vista de esas zarzas, habría dado mi vida a cambio de unos. Aunque no tendría sentido morirme si luego no puedo subir. Claro que, por otra parte, quizás fuera… bueno no importa. El hecho es que no tenía guantes.

Me di la vuelta y empecé a desesperarme muchísimo, ya no podía más… era demasiado, nunca saldría de allí. Entonces, otro camión tocó su bocina allí arriba, y la sentí tan cerca… me encaré contra la subida, saqué los alicates y me los puse en la boca. Pisé las primeras zarzas primero con el palo y cuando estaban a poca altura las sujetaba con la bota, entonces me sacaba los alicates de la boca, y cortaba aquí y allí. Así fui subiendo, muy poco a poco, cortando zarzas e izándome poco a poco. No las cortaba todas, y me arañaban los brazos, las piernas, la cara… me rajé el cuello y la mejilla, la frente también sangraba al igual que los antebrazos… pero no me preocupaba. Iba a llegar arriba costase lo que costase.

Después de muchísimo tiempo, conseguí alcanzar la cima. Efectivamente, había una carretera. Yo llegué con la camisa rajada, totalmente ensangrentado (aunque las heridas no eran profundas), arrastrando el pecho contra el suelo y luchando en una gran batalla por cada metro que recorría. Vi a lo lejos un taxi parado con el capó abierto y el taxista cerrándolo. Supuse que era por aquello por lo que los camiones le pitaban. Le grité al taxista “SOCORROOOO!!!”. El hombre me miró, me saludó amablemente “Buenos días!”, se metió en el coche y arrancó para irse. La desesperación más absoluta se apoderó de mí, reuní las pocas fuerzas que me quedaban para levantarme empuñando la lanza y romperle la luna trasera a ese hijo de puta, pero me fallaron las fuerzas y caí de boca en el arcén de la carretera, lleno de lágrimas que se mezclaban con la sangre y la tierra con un sabor extraño, el sabor del fin?

Estuve allí tirado una hora, limpiandome heridas, bebiendo un poco, descansando, y sobre todo tranquilizandome. Me curé un poco las heridas con el botiquín y finalmente eché a andar por la carretera. Como tres cuartos de hora después vi un cartel “Bienvenido a Samos”. Había entrado en el pueblo de partida por el sitio contrario al que salí… es decir… por donde había llegado el día anterior. Me había ocurrido de todo, había sangrado, llorado, saltado, bebido agua del rio, luchado en una plaza de toros, subido un muro de zarzas… para acabar en el punto de partida. No queráis saber cómo me sentí.

Publicado en  on 9 Julio, 2007 at 3:15 pm Comentarios (2)

Crónicas de los Viajes del Friki: La Vaca, el Friki y el Taxi. (I de II)

Aquí os dejo la primera parte (de dos) de otra de mis Frikistorias. En este caso, os comento un problemilla que tuve haciendo el Camino de Santiago. Me pasó de todo (esguince, flemón, enfermo, ligues frustrados por gilipoyas, etc…), pero resalto ésta especialmente porque es la más… no sabría como definirla… ¿absurda? La gente que la ha oído suele quedarse incrédula, pero afortunadamente hay amigos que estuvieron allí para verlo y confirmar la triste realidad. Sin más preámbulos os dejo con una nueva entrega de mis aventuras. ¡Reid cabrones!

Nos situamos en julio de 2005, en el pueblo de Samos (Galicia), que tiene un monasterio precioso. Nos levantamos a las 5 de la mañana como siempre, hicimos la mochila, y partimos del albergue en busca de nuevas experiencias mucho más allá. Como solíamos hacer, quedamos en un pueblo a cuarenta kilómetros y dijimos “nos vemos allí chavales, que la Fuerza os acompañe”. Así que empecé a caminar solo, como cada día. Solo, pero frikao.

Crucé carreteras, senderos, subí colinas y bajé de nuevo… finalmente llegué a lo alto de una colina muy alta (je), desde donde se divisaba poco más allá un pueblo enorme. Recordé que me habían dicho que a mitad de camino encontraría un pueblo cuyo nombre no recuerdo ahora mismo… ¿Saulot? no, eso de es vampiro… bueno, algo asi. En media hora más o menos me plantaría allí y estaría a la mitad del trayecto… iba muy bien de tiempo. Bebí un sorbo de agua, me ajusté el sakkat y empecé a descender la colina, metiendome en un bosque que había entre esa colina y el susodicho pueblo. Las dichosas flechas amarillas eran cada vez más escasas, pintadas en una piedrecita del suelo y cosas así… pero tenía la impresión de ir por buen camino. Hasta que me metí de lleno dentro del bosque.

Los árboles se cerraron sobre mí y ya no veía el cielo. El camino empezó a bifurcarse. Primero en Y, luego en tres distintos, luego en cuatro… cada vez se hacía más laberíntico y tenía que decidir “por el centro”, “por la derecha”, según yo creía que sería el correcto, ya que no había señalización ninguna. Por otra parte, al ser un camino de rocas en el suelo, no había huellas que indicasen por dónde iba la gente que hubiese pasado anteriormente por allí. Os adelantaré que en alguna de esas bifurcaciones me equivoqué de camino. Pero claro, yo eso no lo sabría hasta mucho más tarde jeje.

El camino empezó a estrecharse. Dejó de ser camino para convertirse en sendero. El sendero dejó paso a un camino de cabras, cada vez más estrecho, tanto era así que no cabía con los dos pies juntos, tenía que ir poniéndolos uno delante del otro. El sakkat me evitaba golpes de las ramas en la cara y con el cayado (me hice uno de dos metros con una talla de la puerta de Takhisis en la punta jiji) apartaba ramas y demás para seguir avanzando. El terreno empezó a ponerse cada vez más impracticable, y empezó a ponerse en pendiente lateral… peralte. Es decir, estaba cruzando la ladera de una montaña en sentido transversal, y cada vez estaba eso más complicao. Llegó un momento en el que no podía andar recto porque me caía… así que usé el palo como apoyo adicional clavandolo debajo y agarrandome con la otra mano a la pared de piedra, para seguir dando un paso, y luego otro… hasta que la pared se puso totalmente vertical y ahí me quede, suspendido en un miniacantilado en medio de un bosque, sin poder avanzar ni retroceder. He de decir por cierto que en ese tipo de situaciones uno tiene mucho tiempo para el pensamiento abstracto… pero no soy el tipo de persona que en una situación comprometida se rasca la barbilla y susurra “¿cuál es el propósito de mi vida?”.

Vi que a un metro de mi mano había una liana. La observe fijamente, preparando mi cuchillo… por si no era una liana, me dan miedo las serpientes, quizás es un miedo infundado, pero así es jeje. Pero tuve suerte, realmente era una liana. Larga y dura por cierto. Colgaba de una de las raíces de los árboles de más arriba, y era suficientemente larga como para poder usarla para cruzar al otro lado del acantilado… a unos diez o doce metros por debajo mío había un riachuelo con rocas puntiagudas, la idea de saltar no me parecía del todo convincente. Así que na… recordé a Tarzán y me dije “si él pudo…”. Me ajusté bien las correas de la mochila (14 kg… la próxima vez no llevo la caja de herramientas con alicates, lo triste que eso no es ninguna broma), me cruzé el palo a la espalda sujeto con las correas, amarré el sakkat, y agarrándome a esa liana como si fuera una ninfómana que ha ligado tras un año de abstinencia, salté el precipicio con un grito de batalla que no reproduciré aquí. Mientras volaba sobre el río a bastante velocidad no pude evitar un pensamiento: “tio… de esta no sales eh… y ni siquiera tienes una elfa a mano pa un ultimo polvo…”.

Caí en el otro lado. Concretamente sobre una roca puntiaguda que me hizo polvo el muslo. Reboté y empecé a rodar hacia abajo, por el camino me clavé más rocas y por alguna razón en cada vuelta que daba el puto palo me daba una ostia en la nuca, como si fuera una parte de mi muy cabreada que me estuviese dando en la cabeza gritanto “SERAS GILIPOYAS!!!”.

Finalmente me paré. Ya era hora… El sakkat se había roto un poquito por arriba y había perdido gran parte de la ornamentación, el palo se había enganchado a una roca que me había frenado (bendito palo!!), el muslo me ardía con un dolor increíble, y la espalda… bueno, pa que os vi a contar, ya os lo podéis imaginar. Estuve pensandolo un rato seriamente y llegué a dos conclusiones. La primera, me equivoqué en las bifurcaciones. La segunda, estaba totalmente perdido, y lo que era peor, desorientado. Pero un friki se crece ante la adversidad, así que puse mi mejor pose heróica poniendome en pie y observando con superioridad el río y susurré “si he cruzado esto y sigo vivo, puedo enfrentarme con lo que sea”.

Caminé en una dirección elegida al azar durante un rato, siguiendo el cauce del río (supuse que iría hacia abajo de la montaña, y por tanto en mi dirección) pero no junto a él. Finalmente salí del bosque y me vi de pronto en un campo enorme. Una vocecilla de lo más molesta me dijo interiormente “illo que por aquí no es” pero no le hice caso. Empecé a cruzar el campo en linea recta. Ahora al menos veía el sol, podía guiarme más o menos hacia el noroeste, que era mi objetivo, o eso pensaba. La hierba crecía y crecía, y la hierba bajita del principio dio paso a pastos cada vez más altos. Más altos que mi rodilla al principio, por la cintura poco después… cuando los pastos me llegaban por el pecho empecé a caer en la cuenta de que por allí no había pasado nadie en mucho tiempo. No se veía que los pastos estuvieren doblados ni nada, estaba en territorio salvaje.

El pasto dio paso a un maizal. Era mucho más alto que yo, y ahí dentro no veía un carajo. Ni a un lado ni al otro se veía nada que no fuese más maiz, y empezaba a estar un poco harto de todo aquello, así que ideé una forma de escapar. Saqué una camiseta y la até a la punta del palo en plan bandera, y la alcé todo lo que pude, y me puse a hacer el imbécil por allí. Supuse que si un agricultor se asoma a sus campos y ve a un capullo corriendo por medio con una bandera hecha con una camiseta sucia lo más probable sería que viniese a echarme la bronca, cosa que yo aprovecharía para suplicarle que me llevara a algún sitio civilizado. No creo que fuera mala idea… pero por allí no vino ni pastores ni ningún ruido que no fuera el del viento meciendo el maizal.

En un momento dado, mientras caminaba, se terminó el maizal, y me caí de boca hacia abajo. Al parecer el siguiente campo estaba a un nivel un poco más bajo (un metro más o menos). Me levanté como pude, muy cansado ya, y me vi rodeado de vacas. No eran vacas normales. Uno pasea por el campo y lo que espera ver es la típica vaca de la fotografía: blanca con manchas negras, cuernecitos pequeños, algún MU solitario de vez en cuando… Pero estas eran vacas tuneadas malignas. Eran marron oscuro, enormes, y con unos cuernos cuya sola presencia eran toda una declaración de intenciones del tipo “voy a clavartelo ¿por qué? porque puedo”. Pa que engañarnos, me aterroricé. Me quedé muy quieto observándolas, esperando el más mínimo movimiento y pensando que eso sería lo último que vería. Una de las vacas se acercó un poco, bufó y dijo “MU”.

Haré un inciso para indicar que me dan miedo las vacas. Es un miedo muy común, después de todo hay gente con vértigo, aracnofobia o miedo a los ratones. A mí me dan miedo las vacas.

Salté hacia atrás, me caí, rodé, me levanté, salté y entré en el maizal, empecé a correr haciendo eses y finalmente cuando estaba totalmente seguro de que ninguna vaca maligna tuneada sacada del nivel secreto del diablo 2 venía persiguiéndome, me tiré al suelo a recuperar el aliento, beber agua, y ponerme muy nervioso. Me preocupé activamente. Pero como dije antes, los frikis se crecen ante la adversidad. Mi problema es que he visto demasiadas películas… pero en este caso me decidí a que eso fuese un problema para el resto del mundo jeje. Se iban a enterar aquellas bestias de quien era yo. Las generaciones vacunas contarían durante siglos la historia del dioshumanoquellegódelmaizal.

…Continuará.

Publicado en  on 4 Julio, 2007 at 5:18 am Comentarios (3)

Crónicas de un Friki: La Boda, el Borracho y la Tiabuena

A petición del público, os dejo aquí otra Frikistoria(TM) . En esta ocasión, ambientada en una boda. Ocurrió en junio del año… 2002 creo. Se casaba el hijo de uno de los mejores amigos de mis padres. Un cra el tío, coleguita desde que éramos pequeños. Total, que el tío acabó forrandose a lo bestia con un curro en Microsoft, y acabó casándose con otra elfa que también tenía muchísimo dinero, así que básicamente cuando se juntaron pa casarse… imaginad.

La boda se celebraba en un cortijo enorme aquí en andalucía, con un castillo en medio, montones de camareros y lujos de todo tipo, unos jardines enormes, etc… Y sólo tuvo un pequeñísimo fallo: estaba invitado (y para mi horror, ¡se sentaba a mi lado!) un amigo de mis padres que me conoce desde pequeño y que el tío no es capaz de estarse quieto, es un cachondo mental de nacimiento, está SIEMPRE de coña y siempre liandola. Una persona sin maldad ninguna, pero que su enorme inocencia le hace formar líos que te cagas de grandes porque va por ahí sin preocupaciones de ningún tipo.

En fin, el convite de la boda transcurrió bastante bien. Todos soportamos bastantes coñas de este hombre, por mi parte tampoco fue demasiado gore… lo más así que me pasó es que llamó a una camarera y ofreciéndole un condón le preguntó si quería tener sexo conmigo, que me veía muy serio ahí en la mesa. Luego nos emborrachamos un poco (él mucho) y empezó el baile y demás, momento que yo aproveché para iniciar el Plan de Ataque Alfa.

Desde el comienzo de la fiesta me había fijado en una amiga de la novia que estaba como pa mojar pan. Fue ver los enormes y laberínticos jardines del cortijo, verla a ella, y pensar inmediatamente en llevarmela allí, enseñarle un par de constelaciones y darle un poquito de vidilla a la boda jeje. Además la había cogido mirándome en más de una ocasión, el juego de miradas era patente, y yo sabía que le gustaba, me daba señales, me sonreía desde ocho mesas mas allá, me aguantaba la mirada, aprovechaba para rozarme cada vez que nos cruzábamos… vamos, que todo lo que yo hacía a distancia lo devolvía ella con maestría. Así que cuando llegó la hora del baile, todos se revolvieron y se perdieron, yo fui a la barra, cogí un par de copas y me fui a buscarla. La había visto hacerme una señal e irse a un patio trasero bastante íntimo, así que esa era la mía. Me ajusté la corbata, y allí me dirigí.

Nada más entrar en el patio el tiempo se ralentizó. Ella estaba sentada sobre una especie de roca-adorno extraño que había allí, con el vestido cayendo por ella, la luz de la luna la alumbraba, todo era increible como de una película, y si es de película no podía fallar, esa iba a ser la noche de mi vida. Del fondo del patio se acercaron dos chicas más que le decían algo, pero ella las ignoraba, sólo me miraba a mí, y yo sólo a ella. Ya estaba todo decidido, habíamos tirado los dados y sólo quedaba que el master narrase consecuencias. Y vaya si las narró.

De detrás de mí apareció el colega de la boda. Dando tumbos y borracho, gritó “Hombre niño! Ahí estás! Te estaba buscando… ooo… estás en buena compañía, esas son las que te vas a follar esta noche a que sí!!! ole ole y ole por mi niño, folla a lo grande no nos dejes en mal lugar eh!!!! a por ellas, que griten como perras!!!”. Las elfas me miraban a mi y a el alternativamente con la boca abierta. Yo pensé “…dios… cómo sales de esta… haz como que no lo conoces, será lo mejor…” y como vi una puerta al fondo del patio, no me detuve donde las elfas, sino que seguí andando hacia allá para hacer como que yo iba hacia allí desde un principio y escaquearme del lío. Total, crucé el patio sin prestar atención al que venía detrás, (¿o no? no oia sus pasos, a saber…), llegué a la puerta, la abrí, entré e inmediatamente la cerré tras de mí. Me apoyé en la puerta y di un largo suspiro. ¡Joder qué mal había ido todo, si ya la tenía en bandeja! Me deprimí activamente y me di la vuelta para mirar qué había en aquella habitación.

Lo primero que vi era una elfa preciosa en tanga, con ligueros y medias. Me quedé mirandole los pechos un rato, no por enfermo sexual sino porque los miraba preguntandome “…eso no son tetas… que es eso… donde estoy… donde me he metido… no puede ser…” pero si lo eran, dos tetas como dos carretas. La elfa en cuestión también tardó un ratito en reaccionar. Me miraba boquiabierta. Cogió su vestido, que estaba allí apoyado y se cubrió y empezó a gritar. Otras dos chicas aparecieron en escena. Al parecer me había metido en los aseos femeninos y a saber qué coño estaban haciendo las elfas allí dentro, pero se lió la de barrio sesamo. Me puse muy nervioso y lo primero que hice fue darme la vuelta pa salir de allí, pero la puerta estaba cerrada así que me metí una ostia contra ella y me volqué los dos cubatas en lo alto, abrí la puerta y justo ahí estaba la elfa que yo había querido ligarme. Se quedó muy quieta mirandome, mirando a la que se tapaba, tratando de comprender. Le dije “¿Quién iba a decir que esto era un aseo femenino, ¿eh? JAJAJAJAJ” y me enseñó un cartel ENOOOORME que ponía “ASEOS FEMENINOS” en la puerta. Entonces pasé del rojo sangre al rojo granate. Y pensé “vale, ya no puedes hacerlo peor, ahora lo mejor será que huyas de aquí, busca un sitio seguro donde no haya nadie, metete tres o cuatro cubatas y tranquilizate…” pero no había empezado a andar cuando apareció de nuevo en escena el mismo tio de siempre, que apareció al fondo gritnado “eeehhh con cuatro a la vez, ese es mi niño!!! OLE OLE!!!!”

Me fui hacia el, lo cogí del brazo y lo llevé a la barra libre, le puse en cada mano un cubata y lo senté en una silla, le convencí de que justo por ese sitio iba a pasar una miss de un momento a otro, así que no volvió a liarla más en el resto de noche. Yo, en cuanto pude, me volví a casa. No volví a saber nada de aquellas elfas, ni en el resto de la noche ni en el resto de mi vida. Una verdadera pena… pero bueno, lo cierto es que ahora que ha pasado tiempo, me río xD

Publicado en  on 25 Junio, 2007 at 7:03 pm Comentarios (3)

Crónicas de los Viajes del Friki: El Autobús, la Avispa y la Piscina. (II de II)

(Continúa la primera parte )

Me llevaron a la casa, donde pude ducharme y me dieron un botiquín para que me curase bien la herida. Después cogí una cerveza helada, me pegué un baño en la piscina y jugué largo rato a la playstation. Oh, sí. Eso era vida. Como haber muerto en el camino y haber ido directo al cielo. Lo que ocurrió en aquella casa durante todo aquél día y su noche también tiene tela, pero es otra historia y merece ser narrada en otra ocasión.

Amaneció el domingo, e iba a ser un gran día porque llegaba la chica con la que yo estaba saliendo en aquella época. Estaba de muy buen humor, y pasé la mañana feliz. Desayuné un par de whyskys on the rocks, hice mis deberes jugando un rato a Puzzle Fighter (grandísimo juego que os recomiendo) y me tiré a la piscina a bucear un rato. Mientras recorría el fondo de la misma, al fondo vi dos pies desnudos a los que seguían dos piernas blanquitas y un bañador. Salí del agua y allí estaba ella. Me alegré mucho de verla y pasamos un buen rato juntos dentro del agua.

Cuando ella me dijo de salirnos, bueno… ¿cómo explicarlo sin que suene aún más violento de lo que ya era? Cuando un hombre abraza a una mujer en el agua, a veces algo despierta en su interior; pero lo realmente embarazoso es cuando algo despierta en su exterior. Yo la llamaba Decker, como a las taladradoras. En honor de una vieja película (“Las Aventuras de Ford Farlaine, el detective rocanrolero”, ya estáis pidiendosela al tito eMule). Así que me inventé alguna excusa inocente para que me esperase fuera, que yo quería nadar un ratito más. Casi todos estaban dentro, a excepción de un par de elfas y uno de los dos colegas que me habían estado esperando el día anterior. Nadé, buceé, y traté en vano de pensar en cosas horribles y nada sensuales, pero como en “La invasión de los ladrones de mentes” (próximamente remake con Daniel Craig y Nicole Kidman) mi cerebro no me pertenecía. Nunca me ha pertenecido enteramente, de hecho.

De repente, hubo algo que me distrajo de toda la entropía psicológica que me rodeaba: vi a una avispa ahogándose. ¡Aja! Mi venganza estaba servida. “Hermanita”, le dije, “¿quién ríe ahora? Lo de ayer estuvo muy mal, traté de ser amable y me lo devolvísteis con un ataque en toda regla, y ahora estás aquí, agonizando”. Mientras la miraba ahogarse algo se removió en mi interior. No se, sería la gilipoyez congénita que tengo. El caso es que cambié de idea. “Hermanita”, le dije, “voy a enterrar el hacha de guerra. Puedo hacerlo ahora. Vamos a llevarnos bien. Te voy a salvar la vida”. Dicho y hecho, junté mis manos y cogí con cuidado la avispa, que se revolvió un poquito pero no me picó. Sonreí y me acerqué al bordillo con las manos sobre mi cabeza. Nade con las piernas hacia arriba, y pegué el cuerpo a la pared para poder depositarla con cuidado fuera del agua. Y de repente, en este movimiento, el cielo se tiñó de rojo, todo se oscureció, se escuchó una explosión y un dolor agudo me recorrió los genitales subiendo o por el estómago. Sentí que la vida se me iba, que la Tormentosa me succionaba el alma con una fuerza digna de Atlas.

Aquí debo hacer un inciso y hablar del agujero de la depuradora que tenía aquella piscina. De unos diez centímetros de diámetro, filo cortante, oscura, y con una fuerza succionadora que haría palidecer a todo el reparto de “Garganta profunda”, aquello no era un agujero de depuradora sino la encarnación en nuestro mundo del mismísimo Sarlack, deus ex machina, y deus está cabreao.

Sarlack chupaba con toda su fuerza, habiéndose hecho el vacío en el interior del agujero al estar totalmente obstruido por mi entrepierna. La fuerza era tal que mi cuerpo se quedó suspendido sujeto sólo por los genitales, con los pies bailando en el agua y los brazos por encima de la cabeza. Mi alarido hizo retumbar los cimientos del mundo, y rápidamente empezó a llegar gente de todos sitios asustados por la explosión y el grito. Abrí los brazos cual jesucristo crucificado (al menos a él le dejaron los cojones en paz) y la avispa voló al cielo, en un gesto que mi cerebró archivó para comparar más tarde con la actuación de Rutger Hauer en “Blade Runner”. El dueño de la casa, uno de mis mejores amigos en aquella época, se agachó y me dijo “¡¡¡hijo puta!!! ¡¡¡la depuradora!!!”. El Nuar, otro, desde el suelo en el que se revolcaba despoyándose vivo, gritaba “¡¡¡cabrón deja de follarte la depuradora!!!”.

Finalmente, viendo que la gente estaba demasiado ocupada sujetándose los abdominales por no poder para de reír o mirando si la depuradora seguía viva, hice acopio de toda mi fuerza de voluntad y empujando con piernas y brazos la pared conseguí despegar mis cojones de aquellas fauces con aspiraciones de actriz porno. De un salto salí de la piscina y corrí por el borde y por toda la casa con el bañador bajado, acariciándomelos sin poder creer que aún siguieran ahí los tres, que ninguno estuviese fuera de combate, riendo histérico y terriblemente contento. Lo que ocurrió más adelante es otra historia y merece ser narrada en otra ocasión.

Ésta es una de las miles de tribulaciones que he vivido a lo largo de mi vida, a las que suelo recordar con cariño bajo el nombre de Frikistorias. Quizá os narre alguna otra, otro día que vuelva a apetecerme. Por el momento quede aquí inmortalizada ésta, ya que aunque traté de mantenerla en relativo secreto (sólo los más cercanos), hará unos dos años conocí a una elfa que por cierto estaba muy buena, y contándonos historias extrañas acabó narrandome ésta. “Esto le pasó a un amigo de un amigo de un amigo”, me dijo. Me costó mucho recuperarme de aquello, pero mantuve el tipo y por supuestísimo no le dije que fui yo. Hoy en día ya creo que da igual, cuando uno toca fondo pocas cosas importan, y al menos servirá para arrancaros a algunos una sonrisilla… y eso merece la pena, siempre.

Dedicada, con mucho amor, a mis cojones. Que siempre han estado ahí, y me han acompañado en todos los momentos de placer, de dolor y sobre todo de inactividad sexual, que es lo que más abunda.

Publicado en  on 19 Junio, 2007 at 4:58 pm Comentarios (3)

Crónicas de los Viajes del Friki: El Autobús, la Avispa y la Piscina. (I de II)

Hoy os voy a narrar la primera parte (de dos) de una historia que me ocurrió hace mucho. Allá va una de mis míticas Frikistorias. Disfrutadla.

Érase una vez, hace ya mucho tiempo, yo. Más joven, con melenas, con novia, con ganas de marcha y con 2º o 3ºBUP terminado (no recuerdo el año exactamente, pero por ahí andaría), allá por finales del mes de junio más o menos. Ésta es la historia de un héroe que combatió a las fuerzas malignas y violentas, que viajó solo por duros senderos para alcanzar la gloria, y que finalmente cayó, heróicamente por supuesto, en uno de esos trágicos finales que hacen que el resto de la historia merezca la pena. Nadie se acordaría de lo que hizo William Wallace si hoy por hoy aún siguiera vivo. De hecho nadie pensaría en ninguna otra cosa que no fuera analizar su dieta y sacarle muestras de sangre.

La historia empezó un viernes. Habíamos quedado unos cuantos para ir a pasar unos días a un pueblo, en la casa de campo de un amigo. Saldrían en el último autobús de la tarde, pero yo no pude acompañarlos en ese momento porque estaba montando un cortometraje en Canal Sur (aquellos eran los buenos tiempos), así que les dije que cogería el primero de la mañana del sábado. Total, me perdería una noche. La verdad es que aquella noche que pasé en Sevilla pasaron bastantes cosas, pero esa es otra historia y deberá ser narrada en otra ocasión. Bastará decir que el sábado por la mañana, yo estaba duchado y con una maleta en la estación de autobuses, subiéndome en el que pasaba por Castilblanco, el pueblo donde los demás llevaban ya muchas horas liándola.

La cosa ya empezó mal, porque debido a los acontecimientos de aquella noche, aún no había arrancado el motor el bus cuando yo ya me había quedado dormido, tumbado en dos asientos. Tuve un sueño precioso, erótico. Bastante inapropiado para dormir en público, aunque afortunadamente nunca supe si hablé en sueños o algo peor. Me interrumpió el sueño el conductor, quien se puso a darme golpecitos en el hombro y a decirme “eh, chaval, despierta! ¡hemos llegado!”. Bostecé, le agradecí que me despertase, y cuando me fui a bajar del bus vi un cartelito que ponía el nombre del pueblo. Lo lógico sería poder decir que ponía “Castilblanco”, pero mi vida siempre se ha caracterizado por las bromas pesadas. Estaba en otro sitio, no recuerdo ahora el nombre. Hablé con el conductor, y me dijo que efectivamente ese bus pasaba por Castilblanco, pero que ya lo habíamos pasado hacía nosecuantos km. y que no tenía uno de vuelta hasta por la noche. Oh, bien. Genial.

Era el típico pueblo cuya media de edad sobrepasa los 80 años, y las diversiones se dividen entre matar el tiempo en la tasca (ellos) o sentarse a hacer punto en la puerta de casa (ellas). Notaba cómo me miraban y murmuraban entre ellos. Imagino que dirían algo así como “oh, pobre chaval, ¿qué hace aquí?” aunque en mi mente podía oír cosas mucho menos agradables, como “mmm… sangre fresca…”, supongo es el tipo de gente que nunca bebe… vino. Afortunadamente, el conductor acabó apiadándose de mí y me llevó con el autobús al pueblo de Castilblanco, de favor.

Lo malo es que yo no iba al pueblo en sí, sino a una urbanización cercana al pueblo, que no recuerdo la distancia ni el nombre, pero estaba a unos cuantos kilómetros. En fin, lo peor había pasado. O eso creía yo. Tenía ante mí kilómetros de carretera, un sol de mediodía que parecía empeñado en querer derretir el asfalto y una resaca que me hacía temblar hasta los dedos de los pies. Jódete John McClane, en andalucía tenemos más cojones.

Compré dos litronas frías. Una me la bebí entera en el mismo establecimiento, y la otra la abrí y empecé a caminar dandole pequeños buchitos para mantener el cuerpo hidratado. La carretera subía y bajaba colinas constantemente, así que no pasó mucho tiempo hasta que a mi espalda se perdió de vista el pueblo. Hacia delante no se veía nada por la misma razón, y a los lados un mar de trigo que se perdía en el horizonte. Sería bonito decir que el viento los mecía… pero no había viento. Ni siquiera pájaros. Sólo el sol, ardiente, que te taladraba la cabeza poco a poco, calentándola, parecía susurrar “tranquilo, tenemos todo el tiempo del mundo”. Era como la tortura china pero de elemento fuego.

Pasado un buen rato, me di cuenta de que una avispa volaba a mi lado. En línea recta, me acompañaba en el lento caminar. Seguí bebiendo y agoté la segunda botella. Aún no se muy bien por qué, empecé a hablarle a la avispa. “Hermanita”, le decía, “los dos seguimos el mismo camino… si quieres posate en mí y así no tendrás que batir las alas”. Acerqué mi mano a ella con un dedo extendido, para que se posase y descansara un poco. Ella se acercó a mi dedo, se posó, y me pegó un picotazo. Grité más de terror que de dolor, porque soy alérgico a la picadura de las avispas. Intenté luchar contra ella usando la botella como arma, pero era considerablemente más rápida que yo. Me esquivaba y embestía, sin llegar a picarme por segunda vez gracias a la ropa que llevaba puesta. Salí corriendo con la esperanza de poder huír, pero no servía de nada. Finalmente se cansó y voló lejos de mí.

Me caí al suelo sudando, con la botella aún en la mano y me miré la picadura, que empezaba a hincharse considerablemente y a tener un color extraño. Si no me curaban eso muy pronto en un médico, la reacción alérgica podría dejarme en el sitio. Miré a la carretera, pero desde que salí del pueblo no había visto ningún coche, y por supuesto no iba a ser ahora cuando pasara. Recordé lo que había visto en un documental del discovery channel hacía un tiempo, y decidí que era lo único que podía ayudarme, al menos para poder aguantar un poco más. De un mordisco abrí la herida, y empecé a chupar la sangre y a escupirla, para eliminar el veneno o lo que sea que inyecta el puto insecto del averno. Empezó a sangrar a lo bestia, así que cuando quedé satisfecho con la sangre extraída me lo vendé con un calcetín.

Entre el sol, la cerveza, la resaca, la sangre y la avispa tenía un mareo considerable. Volví a caer al suelo, pero me recompuse y seguí andando, muy poco a poco, con la sensación de que en cualquier momento caería definitivamente. Tenía una novia a la que quería, una familia, amigos… no quería morirme sin volver a verlos, y aunque fuese poco probable que pasara en mi mente esa sensación era muy real. Un paso tras otro seguí como pude hasta después de un tiempo que se me hizo eterno vi a lo lejos la urbanización. En la puerta, dos tíos sentados. Cuando me acerqué lo suficiente vi que eran dos amigos míos, que estaban descojonándose. Unas horas más tarde me enteré de que me habían estado viendo desde lejos (con un telescopio creo recordar) y que lo que ellos habían presenciado es cómo blandía una botella de cerveza contra un enemigo imaginario y encima perdía la batalla. Qué cabrones, ellos descojonándose vivos y yo sufriendo por mi vida. En fin.

(…continuará) .

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