La cinta de Möbius

[Imagen Teatro]

[Jan A.P. Kaczmarek - Dancing with the bear]

Baja el telón, el sonido de los aplausos empieza a oírse cada vez más lejano, y la gente poco a poco se va. Los actores hace tiempo marcharon, y el último músico ha cerrado la puerta al salir. Se apagan las luces.

El teatro de la ópera es inmenso. Grandes pilares, cientos de butacas, docenas de pasillos que comunican cualquier rincón. Y en el centro de todo, aquí estoy solo. Sentado en el suelo, sujetándome las piernas, en un triste amago de autoprotección mientras mi desnudez me expone. Tocando la madera del suelo, casi puedo oír los pies de las bailarinas. Pero ya no queda ninguna.

Las puertas están cerradas a cal y canto. Los muros son tan gruesos que si estallara una bomba en el exterior, probablemente ni lo notaría. Aquí dentro estoy a salvo. Aquí dentro, solo, ya no queda nada que pueda dañarme más.

Bailo al son de la música que mi mente crea, con grandes imágenes que chocan contra mí como arietes, provocando que la Verdad me arranque trozos de piel. Y todo se mueve a mi alrededor, girando y danzando. No son más que las sombras, que terroríficas se ciernen sobre su presa, pero aún así me da igual. Sigo danzando.

¿Podría salir? No lo se. El telón ya bajó, debería volver a casa. Pero no quiero. Prefiero morir luchando que retirarme y recordar toda la vida que no luché cuando quería algo de verdad. Estoy aquí sentado, limpiándome el sudor de la frente, porque no quiero estar en otra parte. Si hay una luz al final del túnel, si de verdad esa luz existe y no es sólo una falacia inventada por mi mente desesperada, entonces estoy dispuesto a esperar toda la vida aquí sentado.

Sombras, sombras. Malditas, me atenazan y me ahogan en la oscuridad. Hacen ruidos que erizarían el vello a un espartano. Me increpan y me amenazan, pero no pueden dañarme. Hay un límite para el dolor que puede aguantar un hombre, y ya me he acostumbrado a saltar a la comba con él. Nada puede dañarme ya. Puedo seguir sentado, esperando.

Puedo correr, gritar, luchar, puedo demostrarme a mí mismo y a quien haga falta que mi deseo es tan sincero que ni los dioses ni una sala de teatro vacía pueden sacarme de mis raíles, puedo caer -y caeré, de eso estoy seguro- desde lo más alto, puedo perder los dientes y dos -¿o tres?- ojos en el intento. Pero me levantaré una y mil veces y volveré a sentarme aquí en medio. A esperar. Hasta que Belgarion nos obligue, si es necesario.

No negaré que en muchas ocasiones he sentido la necesidad de huir. Superado por las vicisitudes, absolutamente desesperado por una suerte que jamás ha cambiado, la tentación de usar el ventanuco del sótano para huir, para escapar al norte donde quizá estaría a salvo de las sombras, ha sido quizá muy muy fuerte en algún momento. Pero alguien muy importante para mí me dijo que sobre todo, siempre fuere fiel a mí mismo. Y si miro en mi interior, sólo veo unos ojos que me devuelven la mirada.

Siempre los mismos.

Y entonces se que debo tapiar el ventanuco del sótano y volver al centro del escenario, a que las sombras sigan mordiéndome el cuerpo y azotándome el alma. Porque si hay una mínima posibilidad, por pequeña e improbable que sea, entonces merece la pena morir intentándolo, luchar por lo que uno quiere de verdad, y sentirse orgulloso de cada paso que damos en la vida.

A veces es muy dificil. Muchísimo. A veces te quedas mirándola, y la tentación es tan fuerte, el impulso… a veces es mejor mirar a otro lado o salir de la escena para evitar cometer un error. Debo aprender a controlar mis emociones. Cada vez que me mira se me escapa un suspiro. Cada vez que me sonríe me pellizco la pierna para acordarme que debo volver al mundo real. Cada vez que me toca, el telón se levanta y el maestro de ceremonias da paso a una nueva función.

Pero al final, aquí sentados los dos, querido lector, los dos sabemos que siempre acaba igual. Solo en un teatro a oscuras, temblando de frío. Mirando a los ojos con cariño a esas sombras maquiavélicas, que por constantes en su daño se han convertido en mis más íntimas amigas. Y les abro los brazos y les deseo que al menos a ellas la vida les sonría un poquito más.

Publicado en  on 20 Abril, 2008 at 5:25 am Dejar un comentario

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