Since I’ve been loving you

No se ni cuanto tiempo ha pasado ni qué he estado haciendo exactamente desde la última vez que actualicé ésto. Nada ha cambiado, me temo. La vida sigue igual. Trabajo, estudio, no tengo tiempo para mí… y cuando encuentro un trocito, no se me ocurre otra cosa que probar qué se siente tirándose de cabeza desde el puente más alto. Sin cuerda.

Admito que el descenso fue maravilloso. La velocidad, el vértigo, a ratos dulce y a ratos salvaje, el paisaje desdibujado y la sensación de que nada más importa, sólo el suelo que se acerca más y más. Y al fondo, una luz. Me temo que aún estoy cayendo y no se si caeré de pie o tendrán que comprar tarritos para meter mis trozos.

Éstos días le he dado tantas vueltas a la cabeza que ha llegado un momento en que me he mareado. No estoy seguro si he hecho bien. La verdad es que no lo se. Siento que todo está perfecto, que el mundo puede ser maravilloso, pero también siento que dentro de un agujero tan hondo a veces cualquier cosa parece ser buena. Quizás tengas razón y sea algo malo. No lo se. Joder, no lo se. Y ojalá lo supiera, porque la incertidumbre me corroe.

Últimamente paso mis días en casa (el poco tiempo que tengo), escuchando alguna guitarra plañidera, mirando el último trocito que me queda de corazón, tatuado con su nombre a fuego. Tratando de sujetarlo bien fuerte, de conservar mi último tesoro; pero no se si durará. ¿Seré lo suficientemente fuerte como para que no se me escape? ¿O hará como los demás, que se fueron a ver mundo dejandome vacío?

A veces, de noche, me parece oírla reír. Me parece incluso oírla gemir suavemente; y sonrío. Alargo la mano inconsciente, buscando su cuello para acariciarla. Pero es sólo la almohada. Ella nunca estará ahí, y mi cabeza tiene una forma de humor un tanto tétrico. ¿Se puede añorar lo que en esencia no se ha tenido? Son noches largas, muy largas. Las horas pasan despacio, y por cada tictac del reloj tengo tiempo de latir cien veces, por cien veces que pienso en ella y me deshago perdido en un camino que ni siquiera veo. Deshago la cama completamente incluso antes de coger el sueño, moviéndome, intentando averiguar cuál es la mejor dirección para seguir avanzando. Y es que aún no se si esa luz no es más que un fuego fatuo. Ya se me acabaron las miguitas de pan, los trocitos de madera y el mapa se volvió un papel arrugado y sin sentido. Entonces me doy cuenta de que en realidad no quiero volverme atrás ni salir del bosque. Sólo seguir avanzando, sonriendo. Sólo seguir intentando llegar a esa lucecita y atraparla para que siempre me alumbre. Porque es mejor caminar y perderse en el bosque, no salir jamás de ahí incluso, que no haberse atrevido a entrar.

Ese día fue mi cumpleaños. El único regalo que he recibido fue ese. No puede ser malo… puede que al final me rompa la cabeza contra el suelo, pero la delicia de la caída merece la pena; por ella, merece la pena.

Merece la pena caer. Merece la pena chocar. Y merece la pena no despertarse más.

[imagen de El Incal]

Publicado en  on 17 Abril, 2008 at 2:17 am Dejar un comentario

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