A kind of magic

[ Led Zeppelin - Since I've been loving you (LIVE, How the west was won) ]

Empezó como empiezan los sueños. No hubo razón aparente, no hubo una historia que me llevara hasta ese punto ni un objetivo claro. Simplemente, sucedió. Desde la inocencia surgió un vendaval que, amenazando con llevarse todos nuestros pensamientos, nos sacudió violento durante horas. Pero cada golpe era dulce y satinado, cada nueva embestida me ha enseñado a qué sabe la felicidad. Y aunque no pueda abrazarla y hacerla mía para siempre, ahora me queda el recuerdo del sueño que persigo. Mi propia Torre Oscura, mi propio pilar para aguantar los mundos. Y recorreré las tierras yermas feliz, con la cabeza bien alta, me enfrentaré a lo que haga falta y perderé los dedos de una mano si es necesario por alcanzarla.

Soñé que le masajeaba la espalda. Suavemente, por los hombros. Estaba tensa, se notaba. Charlábamos de cosas sin importancia, y ella reía. Su risa, oh dios. Cada vez que la oigo me late más fuerte. Colorea todo lo que haya alrededor cuando sonríe, y eso es algo tan frecuente que con ella la vida siempre parece maravillosa. Buscando egoístamente esa sensación, jugaba con ella a hacerla reír; quería oírla. Le soplaba la espalda y el cuello, y ella temblaba y se ponía nerviosa, protestando por ello, entre sonrisas.

Se levantó y estiró la mano, encendiendo la radio. Freddy empezó a cantar Baby I don’t care y ella volvió a mis brazos, pero no seguí con sus hombros. La abracé desde atrás, y la sensación cálida de su cuerpo me reconfortó como nunca. Sentía su espalda en mi pecho. Temblaba. Susurró algo que no entendí y le hablé bajito al oído. No recuerdo qué le decía, sólo quería sentirla cerca. Pasé mi brazo bajo su cuello, abrazándola por la clavícula. Ella se recostó en mis brazos, de espaldas a mí. Seguía susurrándole al oído, y Freddy entraba en su habitual frenesí musical.

Estaba nervioso. No es como cuando te acercas a una mujer cualquiera. Un torrente de sentimientos se desbordaba por mi cabeza, y yo sólo podía pensar que quería pasar toda la vida así, abrazándola y hablando en susurros. Disfruté el momento, tratando de grabar en mi memoria cada cosa que sentía, y poder recordarlo el resto de mi vida. Seguía susurrándole, y entre pensamientos andaba cuando noté que con cada susurro ella temblaba. Su pulso se había acelerado notablemente. Miraba al infinito con los ojos muy abiertos, sumida en un mar de pensamientos contradictorios. Probablemente, decidiendo si hacer caso a la pasión o a la razón. Cerré los ojos y mi nariz se perdió entre sus cabellos; olía dulzon, y el tacto era muy suave. Susurró a media voz, no estaba segura de si estaba bien eso que estaba ocurriendo. Me moví hacia su oído y le pregunté en voz muy baja que a qué se refería. Ésto, ésto que está pasando, me dijo.

Y entonces, algo se desató dentro de mí. La Bestia que había estado dormitando despertó y no atendió a razones. Me supliqué a mí mismo no arruinar ese momento, pero desde sus últimas palabras mi mente se había bloqueado y ya sólo pensaba en besarla; besarla una y otra vez, y no parar de hacerlo hasta que el mundo se acabase. Para poder seguir haciéndolo en el otro mundo eternamente.

Le besé la mejilla desde detrás y le susurré quedamente. Ella se estremeció notablemente. Su respiración se agitó mucho y noté que empezaba a revolverse. Intenté frenarme, volví a su cuello y me separé un poco, buscando algo de aire que me permitiera entrar en razón. Ella me dijo algo que no oí, me acerqué de nuevo para preguntarle qué había dicho y cuando me di cuenta ya estaba de nuevo pegado a su espalda, sintiendo el vaivén nervioso de sus escalofríos con cada palabra. Volví a besarle la mejilla dos veces. Me acerqué un poco a sus labios, y ella giró un poco la cara. No había duda, ella también sentía esa pasión. Notaba su deseo, y quemaba.

Me dio miedo. Volví atrás. Le acaricié los hombros con las manos. Intentaba en vano relajarla, mientras mi propio corazón latía tan deprisa que amenazaba con salírseme del pecho. Me aterraba perder el control. Debía mantenerme firme al respecto. La oí suspirar y no pude evitar abrazarla de nuevo. Ella me dijo algo. No lo oí, y tampoco me importó. Sólo oía el irresistible tamtam sincronizado de los dos latidos, como un doble bombo martilleandonos la cabeza. En trance, perdí el control definitivamente. Mis labios buscaron su cuello. Le besé varias veces, subiendo hacia el lóbulo de su oreja. No se hizo de rogar. Apenas había llegado, su rostro me miraba con deseo, los ojos cerrados, y sus labios entreabiertos buscaban los míos.

Cuando nuestros labios se unieron, algo se desató con mucha furia en algún lugar. Sentí la explosión por el cambio de ritmo que me dio el pecho. Juraría que durante un par de segundos no me latió el corazón, expectante por ver qué ocurría. Sentía el tacto húmedo de su boca acariciando la mía. El asiento trasero del coche se convirtió en un campo infinito, e incluso el sol y la luna salieron al unísono, curiosos por ver qué había sido esa explosión. Perdí la fuerza en los músculos y durante un rato dejé de abrazarla, mis brazos cayeron y floté entre sus labios carnosos. La vida se borró, y a mi alrededor un entorno desdibujado perdía importancia poco a poco, convertido en una mezcolanza amarillenta sin ningún sentido. Lo único que tenía sentido era ella.

Así que la abracé muy fuerte. Atraje su cuerpo hacia mí, inconscientemente quería sujetarla a mi lado, mantenerla conmigo para siempre. Me besaba y me acariciaba, me abrazó y dejamos que Queen fueran los únicos testigos de lo que sucedía.

La palabra intenso se queda vergonzosamente corta para lo que fue aquello. Mientras se entrecruzaban nuestras lenguas, a ratos muy dulce y a ratos muy salvaje, mientras la abrazaba y sentía que todo cuanto he vivido lo he hecho sólo para poder llegar a experimentar ese momento, casi podía sentir cómo arrancaba trocitos de cielo con las uñas. Me sentía un viajante despreocupado en una doble hélice de ADN; a mi alrededor, explosiones preciosistas daban lugar a diversos enlaces, las enzimas duplicaban, separaban y unían, las bases nitrogenadas hacían el amor, y mientras que todo daba muchas vueltas yo sólo podía pensar en que, por fin, era plenamente feliz. Sentía su pecho moverse al ritmo de May y oía sus suspiros llenando mi mente de imagenes. Y sonreímos.

[<--imagen de La Princesa Prometida-->]

Desafortunadamente todo es efímero, y la felicidad encabeza la lista de alguien con mi sino. Aquello terminó de la misma forma que había empezado, de repente, sin previo aviso, una caída desde lo alto. Puse de nuevo los pies en la tierra, desperté de mi sueño y nada había cambiado entre nosotros, aunque a mí siempre me quedará el recuerdo de esa sensación; un pequeño recuerdo que siempre consigue arrancarme una sonrisilla lastimera. Cierro los ojos y añoro tanto esa sensación de plenitud que creo que nunca llegaré a vivir algo parecido. Porque de todos los besos que he dado en mi vida, ninguno me ha separado el alma del cuerpo y me la ha zarandeado de esa forma, como fue el de aquella noche. Si se puede hacer el amor sólo con un beso, es aquello lo que fue.

Publicado en  on 30 Abril, 2008 at 2:57 am Comentarios (1)

Bonita

[ Samuel L. Jackson - Just like a bird without a feather ]

Ojalá pudieras mirarte con mis ojos niña. Ojalá pudieras sentir por un momento la sensación de mirar demasiado alto, deslumbrarte y sujearte las manos para no taparte los ojos; mejor resistir la punzada de dolor de las pupilas encogiéndose que dejar de contemplar esa visión.

Te lo digo una y mil veces, y no me crees. He probado a hacerlo en tres idiomas e incluso por gestos, me has visto quedarme embobado entre tus ojos, perder el sentido de mi vida y hasta desgranar uno a uno los trocitos de corazón que me quedaban para dartelos todos. Y aún así, dices que no me crees.

Cada noche, una guitarra suena solitaria. Hoy es BB King, ayer fue Jimi Hendrix y la anterior Samuel L. Jackson. Todas cuentan lo mismo. Todas arrancan el alma, la convierten en sonido y me azotan mientras caigo. Y cada noche, siento que cien puñales hienden mi pecho porque soy incapaz de avanzar lo más mínimo. Ni siquiera puedo chocar contra el suelo y despertarme de este extraño sueño. Sólo la sensación de caer más y más.

Confío en que antes de chocar haya conseguido al menos convencerte.

Publicado en  on 24 Abril, 2008 at 3:24 am Dejar un comentario

La cinta de Möbius

[Imagen Teatro]

[Jan A.P. Kaczmarek - Dancing with the bear]

Baja el telón, el sonido de los aplausos empieza a oírse cada vez más lejano, y la gente poco a poco se va. Los actores hace tiempo marcharon, y el último músico ha cerrado la puerta al salir. Se apagan las luces.

El teatro de la ópera es inmenso. Grandes pilares, cientos de butacas, docenas de pasillos que comunican cualquier rincón. Y en el centro de todo, aquí estoy solo. Sentado en el suelo, sujetándome las piernas, en un triste amago de autoprotección mientras mi desnudez me expone. Tocando la madera del suelo, casi puedo oír los pies de las bailarinas. Pero ya no queda ninguna.

Las puertas están cerradas a cal y canto. Los muros son tan gruesos que si estallara una bomba en el exterior, probablemente ni lo notaría. Aquí dentro estoy a salvo. Aquí dentro, solo, ya no queda nada que pueda dañarme más.

Bailo al son de la música que mi mente crea, con grandes imágenes que chocan contra mí como arietes, provocando que la Verdad me arranque trozos de piel. Y todo se mueve a mi alrededor, girando y danzando. No son más que las sombras, que terroríficas se ciernen sobre su presa, pero aún así me da igual. Sigo danzando.

¿Podría salir? No lo se. El telón ya bajó, debería volver a casa. Pero no quiero. Prefiero morir luchando que retirarme y recordar toda la vida que no luché cuando quería algo de verdad. Estoy aquí sentado, limpiándome el sudor de la frente, porque no quiero estar en otra parte. Si hay una luz al final del túnel, si de verdad esa luz existe y no es sólo una falacia inventada por mi mente desesperada, entonces estoy dispuesto a esperar toda la vida aquí sentado.

Sombras, sombras. Malditas, me atenazan y me ahogan en la oscuridad. Hacen ruidos que erizarían el vello a un espartano. Me increpan y me amenazan, pero no pueden dañarme. Hay un límite para el dolor que puede aguantar un hombre, y ya me he acostumbrado a saltar a la comba con él. Nada puede dañarme ya. Puedo seguir sentado, esperando.

Puedo correr, gritar, luchar, puedo demostrarme a mí mismo y a quien haga falta que mi deseo es tan sincero que ni los dioses ni una sala de teatro vacía pueden sacarme de mis raíles, puedo caer -y caeré, de eso estoy seguro- desde lo más alto, puedo perder los dientes y dos -¿o tres?- ojos en el intento. Pero me levantaré una y mil veces y volveré a sentarme aquí en medio. A esperar. Hasta que Belgarion nos obligue, si es necesario.

No negaré que en muchas ocasiones he sentido la necesidad de huir. Superado por las vicisitudes, absolutamente desesperado por una suerte que jamás ha cambiado, la tentación de usar el ventanuco del sótano para huir, para escapar al norte donde quizá estaría a salvo de las sombras, ha sido quizá muy muy fuerte en algún momento. Pero alguien muy importante para mí me dijo que sobre todo, siempre fuere fiel a mí mismo. Y si miro en mi interior, sólo veo unos ojos que me devuelven la mirada.

Siempre los mismos.

Y entonces se que debo tapiar el ventanuco del sótano y volver al centro del escenario, a que las sombras sigan mordiéndome el cuerpo y azotándome el alma. Porque si hay una mínima posibilidad, por pequeña e improbable que sea, entonces merece la pena morir intentándolo, luchar por lo que uno quiere de verdad, y sentirse orgulloso de cada paso que damos en la vida.

A veces es muy dificil. Muchísimo. A veces te quedas mirándola, y la tentación es tan fuerte, el impulso… a veces es mejor mirar a otro lado o salir de la escena para evitar cometer un error. Debo aprender a controlar mis emociones. Cada vez que me mira se me escapa un suspiro. Cada vez que me sonríe me pellizco la pierna para acordarme que debo volver al mundo real. Cada vez que me toca, el telón se levanta y el maestro de ceremonias da paso a una nueva función.

Pero al final, aquí sentados los dos, querido lector, los dos sabemos que siempre acaba igual. Solo en un teatro a oscuras, temblando de frío. Mirando a los ojos con cariño a esas sombras maquiavélicas, que por constantes en su daño se han convertido en mis más íntimas amigas. Y les abro los brazos y les deseo que al menos a ellas la vida les sonría un poquito más.

Publicado en  on 20 Abril, 2008 at 5:25 am Dejar un comentario

Since I’ve been loving you

No se ni cuanto tiempo ha pasado ni qué he estado haciendo exactamente desde la última vez que actualicé ésto. Nada ha cambiado, me temo. La vida sigue igual. Trabajo, estudio, no tengo tiempo para mí… y cuando encuentro un trocito, no se me ocurre otra cosa que probar qué se siente tirándose de cabeza desde el puente más alto. Sin cuerda.

Admito que el descenso fue maravilloso. La velocidad, el vértigo, a ratos dulce y a ratos salvaje, el paisaje desdibujado y la sensación de que nada más importa, sólo el suelo que se acerca más y más. Y al fondo, una luz. Me temo que aún estoy cayendo y no se si caeré de pie o tendrán que comprar tarritos para meter mis trozos.

Éstos días le he dado tantas vueltas a la cabeza que ha llegado un momento en que me he mareado. No estoy seguro si he hecho bien. La verdad es que no lo se. Siento que todo está perfecto, que el mundo puede ser maravilloso, pero también siento que dentro de un agujero tan hondo a veces cualquier cosa parece ser buena. Quizás tengas razón y sea algo malo. No lo se. Joder, no lo se. Y ojalá lo supiera, porque la incertidumbre me corroe.

Últimamente paso mis días en casa (el poco tiempo que tengo), escuchando alguna guitarra plañidera, mirando el último trocito que me queda de corazón, tatuado con su nombre a fuego. Tratando de sujetarlo bien fuerte, de conservar mi último tesoro; pero no se si durará. ¿Seré lo suficientemente fuerte como para que no se me escape? ¿O hará como los demás, que se fueron a ver mundo dejandome vacío?

A veces, de noche, me parece oírla reír. Me parece incluso oírla gemir suavemente; y sonrío. Alargo la mano inconsciente, buscando su cuello para acariciarla. Pero es sólo la almohada. Ella nunca estará ahí, y mi cabeza tiene una forma de humor un tanto tétrico. ¿Se puede añorar lo que en esencia no se ha tenido? Son noches largas, muy largas. Las horas pasan despacio, y por cada tictac del reloj tengo tiempo de latir cien veces, por cien veces que pienso en ella y me deshago perdido en un camino que ni siquiera veo. Deshago la cama completamente incluso antes de coger el sueño, moviéndome, intentando averiguar cuál es la mejor dirección para seguir avanzando. Y es que aún no se si esa luz no es más que un fuego fatuo. Ya se me acabaron las miguitas de pan, los trocitos de madera y el mapa se volvió un papel arrugado y sin sentido. Entonces me doy cuenta de que en realidad no quiero volverme atrás ni salir del bosque. Sólo seguir avanzando, sonriendo. Sólo seguir intentando llegar a esa lucecita y atraparla para que siempre me alumbre. Porque es mejor caminar y perderse en el bosque, no salir jamás de ahí incluso, que no haberse atrevido a entrar.

Ese día fue mi cumpleaños. El único regalo que he recibido fue ese. No puede ser malo… puede que al final me rompa la cabeza contra el suelo, pero la delicia de la caída merece la pena; por ella, merece la pena.

Merece la pena caer. Merece la pena chocar. Y merece la pena no despertarse más.

[imagen de El Incal]

Publicado en  on 17 Abril, 2008 at 2:17 am Dejar un comentario