Concupiscencia

Hoy es la Noche de Reyes. Paseando por Sevilla, viendo la cabalgata, con tantos niños pequeños. me he dado cuenta de que he perdido la ilusión. Cuando era un niño, veía a los Reyes Magos como seres todopoderosos. Si a mi tío le regalaban un coche, no me extrañaba en absoluto que los reyes hubieran venido desde Oriente con el coche sobre el camello para dárselo. Eran todopoderosos por una noche, y en más de una ocasión incluí en la carta regalos para los niños de países subdesarrollados, alegría para quien no la tuviera, y otros presentes que hoy me doy cuenta que son inútiles a los ojos de tres figuras ficticias. El tiempo los ha matado. El tiempo me ha puesto a mí en su lugar, y hoy día soy yo quien compra los regalos y los esconde para esta noche. Es otra de las cosas que perdemos cuando crecemos.

Lo que más me llama la atención no obstante es que aquí, sentado en mi mesa, me siento incapaz incluso de desear alegría o amor para la gente que quiero. El egoísmo de encontrarme en un callejón sin salida me deja una única alternativa, un sólo deseo. Sólo hay un regalo que quiera con todas mis fuerzas esta noche, y me temo que ni todos los reyes de todas las civilizaciones trabajando juntos podrían hacerlo realidad. Puede que haya perdido ante la razón, puede que haya incluso perdido el afán consumista (saciado ya en el resto del año, todo hay que decirlo), pero esa parte de mí sigue ahí, en pie, y no se calla.

Mi sobrino dice que los reyes me van a traer carbón, por malo. Él se refería a que si uno le tira un caramelazo al tío de la cabalgata, el rey te ve y te ficha. Bendita inocencia, lo cree tan firmemente como no hace tanto yo también lo creyera, y en cierto modo tiene razón. Me van a traer carbón. Negro, sucio e inútil. Un carbón que tizne mi interior y quizá con un poco de suerte bloquee las arterias, para que por fin la asfixia me haga abrir los ojos definitivamente a la realidad. Estoy harto de vivir entre sueños.

Porque lo que me jode de verdad es cuando hemos perdido la inocencia para las cosas buenas, pero seguimos soñando, obsesionados con lo mismo una y otra vez, con valkirias y leyendas de aromas cítricos que nos devoran trocito a trocito, sin descanso. Nadie tiene la culpa de mis propias tonterías. Y sin embargo ahí están.

Ya que sois ficticios, visitad en vuestro mundo a Oberón y pedidle hierba.

Publicado en on 6 Enero, 2008 at 12:33 am Dejar un comentario