Llevaba meses buscando Bolitas de Coco. Son el alimento definitivo, el dulce que dominará el mundo algún día, forma parte de la Trinidad Culinaria (junto al Arroz con Leche y el Gazpacho -el de mi tierra, no el Fruiti-) y estoy absolutamente enganchado a ellas. Es más, alguna vez las mujeres las han usado como método para seducirme y he caído totalmente rendido (¿verdad H?)… aunque también es cierto que no es un método 100% infalible (¿verdad L?).

Hastiado de una búsqueda sin sentido por todos los supermercados, superficies comerciales, tiendas de alimentación, pastelerías, ebay, de preguntarle a amigos y amigas que viven en otros lugares por si allí se pueden encontrar… finalmente un día me llegó la iluminación a través de mi buen amigo The Esparteño (el único más salvaje que un espartano y a la vez más animal que un estepeño, una especie de cruce genético a mala leche cuyo resultado es un tío capaz de conducir un coche sin arrancarlo, limitándose a mirar mal el paisaje hasta que éste se decide a ir cambiando hasta adecuarse al lugar de destino).
No se puede recorrer aleatoriamente el mundo buscando una quimera. La única forma de alcanzar un sueño es moverse realmente, luchar… e ir a la Cuna de la Vida. El lugar donde nacen las Bolitas de Coco. Allá donde los Creadores dan forma a las Bolitas, nacen, crecen, se reproducen, se relacionan y se venden. El Origen. Ese enorme agujero negro de gula llamado Estepa. Perdido en las montañas, en un lugar que no es Córdoba ni es Sevilla, en territorio de nadie, con acento propio, el único lugar de las enormes llanuras que está compuesto por montañas. Un lugar mítico con el que Charlie el de la fábrica friki se masturbaría compulsivamente. El negocio de los dulces navideños. La Tierra Prometida.
The Esparteño & The Frikiboy se ajustaron sus gafas de sol. De un salto subieron al Espartmovil y con música ochentera y el símbolo de superhéroes cortando la escena se dirigieron veloces a su destino, Estepa. Sobre el viaje en coche solo os diré que debido a sucesos recientes yo estaba cansadísimo porque no había dormido nada en los últimos días… se me cerraban los ojos por el camino hasta que de repente cayendo en el sueño lo último que vieron mis ojos fue el cartel que señalizaba el desvío para entrar en Estepa… cerré los ojos cayendo en el sueño de morfeo y… el cabrón del Esparteño me metió un codazo y me dijo “kiyo ya hemos llegao!”. Su puta madre que sueño. En fin.
No os aburriré con el resto del día. Lo resumiré diciendo que recorrimos unas ocho fábricas aproximadamente. Todas cerradas a cal y canto. Sugerí la posibilidad de esperar a la noche y colarnos por una ventana. Estoy totalmente en contra de los robos… pero no de los rescates! Y las pobres Bolitas necesitan libertad para poder entrar en mi estómago felices y contentas. Segun The Esparteño, no hay forma humana de violar el perímetro de una de esas fábricas. Decidí dejar espacio para la duda, en silencio eso sí, y esperar a ver cómo se desarrollaba el día.
Llegó la noche, y ni en casa de sus padres (geniales por cierto) ni en casa de un amigo que me presentó ni en ningún lugar parecía quedar ni una sola. Las nubes de la desesperación se cernían sobre nosotros (más bien sobre mí, a él no le hacen demasiada gracia las Bolitas). Ni en lo alto del Cerro, ni en el convento, ni en supermercados ni en bares ni iglesia, las Bolitas parecían estar extinguidas y ni siquiera en la Cuna podría dar con ellas. ¿Debería pues, hacer caso a los amigos que dejé en Sevilla y esperar a que vuelvan a fabricarlas? Otra posibilidad era ligarme a la hija de los dueños del Patriarca, que dicen que está buenísima y soltera. Pero no tuve oportunidad de dar con ella. No estoy de acuerdo con salir con una mujer por su dinero. Pero si es por Bolitas… omg…
Estuvimos en la feria. Había una caseta-discoteca, mucha gente, un trenecito turístico bastante absurdo (básicamente te llevaba a la carretera y volvía, sin molestarse siquiera en enseñarte el único monumento del pueblo, una chimenea llamada “El Cipote” que viene a confirmar que en la ignorancia está la felicidad).
Eran las 3:35 de la noche. Paseaba alicaído con The Esparteño dispuestos a hincharnos de cerveza (ya que no parecía haber fuentes de aguita allí en el recinto ferial), cuando de repente una voz me llamó mentalmente. Era una tía con un escote que quitaba el hipo. Pensé “no seas guarro” y miré hacia otro lado. Y allí, en ese otro lado, había algo que antes no estaba.
El recinto donde estaba la feria era cuadrado. Las entradas y salidas estaban todas en el mismo lado (llamémosle la base). Sin embargo de alguna manera, en el lado que daba al este había aparecido un callejón misteriosamente. Escondido, con luz tenue de dos bombillas halógenas, el callejón que no daba a ninguna parte albergaba un pequeño puestecillo que vendía cosas improbables. Un llavero de Digimon, una rodaja de coco, un megáfono o una pistola (de juguete, espero) eran alguno de esos objetos. A punto estaba de continuar mi caminar quedándome con la anécdota de ese callejón evanescente cuando de repente la rodaja de coco llamó mi atención. Ya que no encontraba Bolitas, al menos podría hincarle el diente a una rodaja de esas, menos daba una piedra.
La chica que atendía tenía un escote morta, pero por lo demás no me gustaba. Otro elemento extraño. Vi que entre los objetos improbables había turrones. Entre bromas le dije que si me daba una Bolita de Coco le ponía un monumento. Me preguntó si realmente me gustaban tanto, y por un momento toda la feria calló. La existencia misma contuvo el aliento en lo que sin duda era una prueba de los dioses. Respondí que había venido desde Sevilla expresamente a buscarlas, allá donde nacen, porque si en algún lugar aún era posible dar con ellas era allí, en aquella tierra de sueños. La chica sonrió amable. Sus manos me ofrecieron una caja de Bolitas de Coco. A medio camino entre la gula y la pura excitación sexual agarré la reliquia y le pedí otra.
Corrí por la feria comiendo bolitas hasta que se agotó la primera caja, feliz, contento, exultante de alegría y orgullo por haberlas conseguido por fin, tras tanto tiempo de búsqueda. Ahora sabía cómo se sentía el dr. Jones buscando, ahora sabía qué era usar la Fuerza, ahora sabía tantas cosas…
La segunda caja la guardé para traerla a casa. Ahora forma parte del cajón de Provisiones de Bolitas de Emergencia, y exceptuando alguna que le voy a dar a algunos muy escogidos, me las iré comiendo, poco a poco, de aquí a noviembre, que es cuando Vuelven.
He vuelto de la Tierra Prometida con esa otra caja de Bolitas, y una invitación para asistir personalmente al nacimiento de las mismas. Tendré una visita guiada por el interior de las fábricas, donde veré todo el proceso (y por supuesto me pondré como el kiko de comerlas).
La misión había sido todo un éxito. Sin embargo aún quedaba la Vuelta a Casa. Como si de un libro gordo de Tolkien se tratase, no todo iba a ser un camino de rosas. Los intrépidos héroes aún deberíamos enfrentarnos a un peligro mortal. Y lo triste es que no estoy de coña. Hemos podido morir.
Ibamos por la carretera de vuelta a Sevilla. Poco antes de llegar a Mairena del Alcor más o menos. Conducía The Esparteño, yo no tengo carnet. Elucubraba nuevos detalles para el mundo de la última historia que estoy escribiendo, cuando escuché el monótono RRRRRRR de las ruedas que acaban de cruzar la línea del arcén. El coche se estaba ladeando y había una curva poco más adelante. De repente el coche se giró aún más. The Esparteño decidió que la carretera era aburrida y decidió que era un buen momento para acelerar y girar el volante, en sueños.
Empecé a gritarle y agarrando el volante enderecé el coche como pude, que ya estaba entero dentro del arcén y a centímetros de despeñarnos por el lado de la carretera, probablemente para caer dando vueltas de campana, lo que sería un final de misión bastante bueno por cierto, pero nada agradable ni mucho menos apetecible.
Mientras conseguía dirigirlo de nuevo hacia la carretera él abrió los ojos y ya todo volvió a la normalidad. Santa Bolitta Patrona no quiso que nos matáramos, cosa que le agradezco ofreciéndole mi estómago para los sacrificios de sus fieles semiesféricas.
Mientras continuábamos el viaje cantando las mejores canciones de los Héroes del Silencio a pleno pulmón, me lamentaba de no haber llevado cámara de fotos. En caso de accidente, habría odiado que si uno de los dos sobreviviera no pudiera inmortalizar el momento.
Después de todo, mala hierba nunca muere.